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XI

12 de Febrero de 2012

-¡Agua, señores, agua!
-No hace falta que digas eso cada vez que veas a la policía si no estamos haciendo nada ilegal…
-Ya, pero es divertido ver cómo te asustas y te pones a mirar alrededor como un suricato asustado.

Se encontraban en la terraza de la cafetería de la universidad. Era una mañana fría, aunque lucía un sol que incitaba a soñar con la primavera. Se encontraba junto a su compañero Alberto, con el cual iba yendo a la misma clase desde primero, el cual se había convertido desde la fiesta de bienvenida para los novatos en un camarada inseparable de farra y juerga. Aunque se dio cuenta desde el principio del carácter bromista de Alberto, siempre se las apañaba para darle algún que otro susto en el momento menos esperado, y justo en aquel momento lo hizo, cuando pasaba un coche de la policía por la carretera que estaba próxima al campus, la cual se podía ver desde donde se encontraban, mientras tomaban el desayuno. La práctica habitual de consumir alcohol en la calle, además de otras nefandas sustancias químicas, había hecho que reaccionase inmediatamente ante cualquier indicio de la presencia inminente de que los bienhallados protectores de la ley. Así que para alguien que se consideraba un ciudadano de bien, o que fuese un simpático idiota inconsciente como Alberto, era bastante divertido dar ese tipo de falsas alarmas sólo para ver como reaccionaban los demás. Su compañero aún se estaba riendo, él en cambio aún no se había recuperado del susto, y se había llevado una mano al pecho inconscientemente.
-Joder Berto, no me des estos sustos con la que nos espera… ¿Por cierto, qué asignatura nos espera?
-TCI… o sea, Teoría de la Información y la Comunicación.-dijo Alberto.
-¿Esa no es la que dicen que es tan difícil de aprobar?
-Sí pero no te creas que es porque el contenido es difícil, aunque también es verdad que lo es… Los del año pasado me han comentado que el profesor que da esta asignatura, el tal Bahamonte, es un hijo de puta integral, y por lo que dicen también un maldito fascista.
-Bueno… Nos ha tocado uno de los mejores-dijo Él.
-Si eso fuese lo único… Muy poca gente ha conseguido aprobar su asignatura a la primera, y los que lo consiguen no son precisamente unos lumbreras.
-Entonces, ¿Cómo es que se la quitaron de encima a la primera?
-Nadie lo sabe. Se sospecha que este hombre en realidad usa el método del paraguas.
-¿El método del paraguas?
-Ya sabes: se abre un paraguas, se deja en el suelo boca arriba, se tiran los exámenes al aire, y los que caen dentro del paraguas aprueban.

Siguieron hablando de otras trivialidades hasta que terminaron el desayuno, momento en el cual se levantaron y se dirigieron al aula en la que les correspondía dar clase; cuando llegaron, el pasillo estaba lleno del resto de alumnos que al parecer esperaban a que el profesor Bahamonte llegase para abrir la puerta: no obstante, al acercarse comprobaron que la realidad era otra: la puerta del aula estaba abierta, pero ante ella se encontraba el profesor con una lista en su mano, con la cual iba llamando de uno en uno a la gente que contaba en ella; al parecer, hasta que no se hubiese mencionado el nombre de uno, el acceso a clase estaba prohibido por tan temible cancerbero. Cuando les tocó su turno les miró de cabo a rabo, como si los escanease con los ojos, buscando algún arma peligrosa que pudiesen alterar el orden de la clase, hasta que les hizo la seña para dejarles pasar. Una vez dentro, se sentaron en el mejor sitio que pudieron encontrar, justo en primera fila, y esperaron a que el resto de alumnos terminase de entrar. Cuando debían estar todos los que al parecer debían estar, fuera de la clase se escuchó un revuelo provocado por algunos alumnos que no podían entrar y por el propio Bahamonte: al parecer, el profesor no estaba dispuesto a dejar entrar a nadie que no se hubiese matriculado en su asignatura, y eso incluía a los oyentes, que por el hecho de haber pagado la matrícula base de la universidad, tenían derecho a asistir a cualquier clase aunque no constase en su lista.
-Te lo dije, es un gilipollas integral-le susurró Alberto.
Finalmente, el profesor consiguió despejar la puerta del aula, aunque no sin alguna amenaza de denuncia al consejo escolar. Luego, se dirigió al estrado y se empezó a hablar, presentándose a todos los presentes:
-Buenos días, soy el profesor de Teoría de la Información y la Comunicación, y mi nombre es Arturo Bahamonte, y no “Francisco” como algunos de vuestros compañeros me llaman de forma extraoficial.
-Le llaman “Paco Bahamonde”, ya sabes porqué-le susurró de nuevo Alberto.
-¿Sí? ¿Algún comentario que deseen realizar?-preguntó el profesor dirigiéndose a ellos.
-Uh… No, disculpe.
-Bien, como iba diciendo… El propósito habitual del primer día suele ser repasar los objetivos generales de la asignatura, así como asignar un horario de tutorías… Pero si me lo permiten, hoy me gustaría hablar de otra cosa.
<<Como ustedes mismos sabrán, gran parte de los profesionales que han cursado su carrera se dedican al mundo del periodismo y de la información radiotelevisiva. Sin embargo, en lo que quiero llamarles la atención especialmente es en el hecho de la acción informativa: quizás la mayoría de ustedes no lo sepan, pero los más mayores recordamos como en este país, antes de la aparición de la televisión privada, sólo teníamos unas cuantas cadenas públicas, las cuales tenían sus servicios informativos que, al igual que la propia cadena, estaban financiados por los fondos del estado. Antes de que ninguna empresa o consorcio decidiese los contenidos que se emitían en televisión, estos servicios informativos nos daban las noticias con rigor y con un punto de vista completamente neutral. Muchos de ustedes se preguntarán porqué les estoy explicando esto. La razón es bien sencilla; hoy en día se ha perdido ese rigor informativo. Estoy hablando, concretamente, de la visión de victimismo que parece extenderse en los medios de comunicación hacia determinadas regiones del mundo, sobre todo tras los últimos sucesos. Empezó con el atentado con el camión cargado de explosivos en Berlín: todos recordaremos, sin duda, las imágenes de la Puerta de Brandemburgo casi totalmente destrozada, una imagen que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. ¡Y los medios de comunicación europeos dijeron que aquello fue culpa de las restrictivas políticas económicas alemanas hacia los países más “desfavorecidos”! Apenas un par de semanas después, ocurrieron los terribles disturbios raciales de París. Desde aquí tengo que reconocer que al menos algunos medios franceses, los medios que desde siempre mantuvieron el rigor periodístico, tuvieron el valor de decir que esos sucesos fueron provocados por los inmigrantes de tercera generación, y no por la política de exteriores francesa, como dijeron los medios de comunicación más manipulados. Y hace poco más de dos meses, un dictador se alzó con el poder del país con más recursos del planeta. Un dictador que, por mucho que lo intenten ocultar los medios más izquierdosos, es un islamista radical, un bárbaro que no tiene los valores morales y civilizados de occidente. Son esta gente, esta que ahora viene a nuestro país, con nuestro gasto público, los que vienen a chupar nuestro esfuerzo y dinero para luego irse y provocar todo ese daños, la que acabará con la civilización a nivel global…>>

Mientras el profesor Bahamonte soltaba todo ese absurdo discurso retrógrado, le dio la impresión de que se dirigía concretamente a Él, sobre todo cuando empezó a referirse a los inmigrantes que llegaban allí. Se dio cuenta de que el profesor no se estaba percatando de que su discurso empezaba a ser sospechosamente similar al del dictador loco de El Congo, lo cual le dio una idea para contraatacar y darle su merecido:
-…Y mientras aquí en nuestro país, se saturan las sala de espera de los hospitales mientras se les da preferencia a esos…
-Perdone, profesor Bahamonte-cortó Él-Pero quisiera interrumpirle para apuntar algo. Para hacer un inciso, si usted lo prefiere así.
Cuando el profesor le escuchó hablar pareció sorprenderse sobremanera, como si no se esperase oír su voz, o como si no supiese que podría ser capaz de interrumpirle de forma educada. Rápidamente, el profesor recuperó la compostura, y le preguntó, casi a regañadientes:
-¿Sí? ¿Qué deseas decir?
Cayó en la cuenta de que, mientras que al resto de la clase se dirigía de usted, a él lo estaba tuteando.
-Bueno, como usted bien ha dicho, el dictador de El Congo, el tal Mob, Mubo… digo, Mboto Temwo-el nombre siempre le había costado de pronunciar-es un religioso radical, ¿Cierto?
-Así es.
-Así que supongo que estará de acuerdo en que, la gente que inició los disturbios raciales de París, fuesen quienes fuesen, también eran de ideología radical, ¿no?
-Correcto.
-Entonces, si podemos supones que todos los hechos que ha mencionado usted están movidos por un misma razón, por una causa común… Sería muy fácil suponer que el atentado en Berlín fue ni más ni menos que obra de un grupo con unas ideas que podrían considerarse…
-Alto, un momento-interrumpió el profesor-¿A dónde quieres llegar?
-La idea es muy sencilla: ¿No es posible que, los ideales opuestos a occidente como los llama usted, no sean la principal causa por la que, básicamente, el mundo se vaya a la mierda?
Aquel arranque de sinceridad provocó algunas risas en clase, y es que no conocía una mejor forma de expresarlo. Además, si la había, no le interesaba conocerla, a menos que fuese más directa. A pesar de todo, el profesor Bahamonte no se reía.
-¿Ah, no? ¿Y cuál puede ser la causa, según tú?
-Yo creo que para que surja un conflicto deben haber como mínimo dos partes enfrentadas, y cuanto más aferradas estén cada una en sus respectivas posiciones, más cruento será el conflicto. En definitiva, el verdadero problema son las ideologías extremistas y radicales, tanto en occidentes como en el resto del mundo.
-Me temo que no estás en lo cierto. Si en todo el mundo predominase la misma ideología, por muy extrema que fuese, no habría ningún conflicto…
-Eso no es así, y usted lo sabe. Si sólo existe una ideología, terminarían por aparecer más subideologías, que terminarían por enfrentarse con la idea principal. Y estoy seguro de que este problema sólo se agravaría si la ideología principal fuese radical, o al menos radical en comparación con otras.
-Sabes que eso no es cierto-replicó el profesor-mi ideología defiende a este país, y son unos ideales que han existido desde mucho antes de que tú nacieses.
-Puede que en otros tiempos fuesen unos ideales apropiados, sobre todo en tiempos de guerra y de confrontaciones continuas. Pero hoy en día, esas ideas ya no sirven.

El profesor Bahamonte no pudo responder, al menos no inmediatamente. Cerró con fuerza la mandíbula, apretando los dientes, pero sin dejar exteriorizar el disgusto que le carcomía por dentro. Tenía las manos apoyadas en la mesa, y apretaba los puños con fuerza. Finalmente, con un gesto de desdén, con un tono que parecía dar la impresión de darle poca importancia al asunto, dijo:
-Dejemos estar el asunto. Sabía que era imposible llevar una discusión argumentada y civilizada contigo era imposible.
-Un momento…
-No, cállate. ¡Es por culpa de la gente que viene de fuera, de los sucios inmigrantes como tú, que Europa se esté pudriendo por dentro y cayendo en una espiral de declive y autodestrucción!

Se hizo un silencio sepulcral en clase. Todos habían contenido el aliento, sobre todo los veteranos que habían tenido que repetir la asignatura. Era la primera vez que el profesor Bahamonte atacaba directamente a un alumno, al menos de esa forma. Incluso el propio Bahamonte permaneció en silencio, aunque en su cara se empezaba a dibujar cierta expresión complacida, al ver que había puesto a todos los alumnos en su sitio. No obstante, su dicha duró poco. El silencio fue bruscamente interrumpido por las carcajadas que empezaron a surgir de Él. La expresión del profesor fue cambiando de la complacencia a la irritación:
-¿Se puede saber qué es tan gracioso?
-Vaya… es la primera vez que me llaman inmigrante, Me habían dicho de todo, pero ¿inmigrante? Oh, dios, es realmente divertido.
-¡Yo no le veo la gracia!-dijo el profesor, cada vez más furioso.
-¿Lo ve? El problema es su mente cerrada, su ideología radical. Esas ideas anticuadas y poco razonables le han impedido pensar con claridad y ver cono ojo crítico. ¿De verdad que no le ha extrañado en ningún momento que yo no hablase con acento extranjero?
-No lo entiendo…
-Claro que no. Es usted un fascista que sabe dar discursos, pero no sabe analizar la situación y pensar en consecuencia. Solo sabe hacer y decir lo que le han dictado. Que no le engañe mi aspecto, profesor… No soy inmigrante, soy adoptado. Y le diré más; no recuerdo nada de mis padres ni de mi país de origen, fuese el que fuese.

Cuando terminó de hablar, se fijó en la cara que ponía ahora el profesor Bahamonte, la cual era todo un poema. Estaba pálido, y tenía los ojos clavados en él. Estaba claro que había herido su orgullo, pero a pesar de todo, no podía evitar sentirse satisfecho por haberle dado su merecido.
“Te he dejado frío, cabrón…”



Día 408 tras el Apocalipsis

Era una noche fría en el granero de la aldea. Se encontraban todos los que pudieron acudir tras el desastre que se tragó la mitad de la aldea: no estaban todos los supervivientes, ya que por un lado estaban los heridos a los que se les había aconsejado guardar reposo, y por otro estaban los que tenían que cuidar de ellos. Todo aquello hacía que el número de presentes fuese mucho más reducido que en reuniones anteriores. Algunos llevaban vendas o parches, o incluso se podía ver algún brazo en cabestrillo; la mayoría eran remiendos que tuvo que hacer Ángel de la mejor forma que pudo, ya que si cuando llegaron a la aldea tenían poco material médico, justo antes de que ocurriera el desastre tenían aún menos. El número de rostros sonrientes era aún más bajo, completamente nulo. Ni siquiera se encontraba presente la risueña Dora, la cual habría tenido, con toda seguridad, el comentario adecuado para levantar el ánimo a los presentes; sin embargo, se había presentado voluntaria para cuidar a una pareja de niños que habían resultado heridos, los cuales la necesitaban más que el resto de adultos de la aldea. No hubo nadie que pusiera ninguna objeción.

Sin embargo, sí que se encontraban allí el marido de Dora, Miguel, así como Achmed, Ángel, Marcial (que ahora lucía un parche en el ojo), y otros, a parte del Caminante. En ese momento estaban centrados en la lúgubre tarea de contabilizar a los habían desaparecido, y peor aún, a los que habían fallecido.
-Bueno-dijo Achmed, que estaba apuntando los nombres de aquellos que ya no estaban en una pizarra-¿Me dejo alguien?
-Sí-dijo el Caminante-Luca; cuando yo lo encontré aún estaba vivo, pero falleció poco antes de que pudiese liberarlo de los escombros.
-Y Camila-apuntó Ángel.
-Sí, Camila. La encontramos debajo del cadáver de Luca; al parecer, se echó encima de ella para protegerla de los cascotes que se vinieron abajo. Por lo visto no fue suficiente…
-En fin…-reanudó Achmed-¿Se sabe algo de los desaparecidos?
La pregunta no estaba exenta de sentido. Algunos de los habitantes de la aldea se encontraban justo encima de la tierra que se abrió bajo sus pies; no obstante, habían pasado dos días y no se les había encontrado aún. Sin embargo, nadie albergaba esperanzas de encontrarlos con vida; lo único que se esperaba era poder recuperar los restos mortales para poder darles sepultura.
-Hemos estado buscando, pero no hemos encontrado nada-dijo Marcial-al menos, fuera del agujero.
-¿Sugieres que tendríamos que bajar?-preguntó Achmed.
-Bueno, bajar no, pero… Creo que al menos ya sabemos dónde podrían estar, y además… Bueno, creo que nadie sobreviviría a una caída desde esa altura.
-Creo que eso no lo podemos saber si no lo averiguamos-dijo una voz femenina desde el fondo de la sala-además, hay gente que quiere recuperar a sus seres queridos…
-Pero, ¿Y si se han hundido en el agua?-dijo otra voz-¿Cómo los vamos a encontrar si están en el fondo del foso?
-Creedme, tengo experiencia en esto-dijo Ángel-y si ese fuese el caso, los acabaríamos encontrando; puede incluso que los veríamos desde arriba.
Se produjo cierto silencio que el Caminante atribuyó al hecho de que todos necesitaban algo de tiempo para asimilar la poco agradable información que les acababa de brindar el médico. Nadie quería afrontar la visión de encontrar a los desaparecidos flotando en el agua, hinchados y podridos… Sólo hubo una persona que se atrevió a romper ese silencio.
-Creo que hay razones para pensar que siguen vivos-dijo el marido de Dora.
Todo el mundo se giró hacia Miguel, ya que al parecer nadie esperó que se rompiese el silencio así. Achmed fue el primero en salir de su estupor:
-¿Por qué crees que es eso posible, Miguel?
-Bueno, veréis… Resulta que mi mujer me comentó que, mientras estaba en la cocina, le pareció escuchar algo… Como si alguien pidiese ayuda.
-¿Pero no podría haber sido alguien de la aldea?-preguntó Marcial.
-No, en eso está segura de que no, porque la ventana de la cocina ahora da directamente al agujero. Y ella me dijo que escuchó varios gritos que venían de allá abajo.
Se produjo un breve silencio mientras todos terminaban de digerir aquello. “Si lo que escuchó Dora era cierto, aún había alguna esperanza de encontrar a los desaparecidos con vida…” Estaba el Caminante enfrascado en esos pensamientos cuando Ángel interrumpió el silencio; al parecer, el médico tenía las mismas dudas que Él y quería compartirlas:
-Perdona Miguel, pero… ¿Crees que podemos fiarnos del oído de tu mujer? No quiero decir que no me fío de su palabra; tú sabes que todos la tenemos en gran estima, pero no sé chico: estaba trabajando en la cocina, y a lo mejor con todo el jaleo se pudo haber confundido…
-Bueno, esto que voy a deciros no os lo había dicho antes, pero…-se calló un momento y tomó aire-Veréis, mi mujer tiene el oído de un perro, o de un lobo-Alguien del fondo soltó una carcajada-y lo sé porque la habitación y la cocina de nuestro viejo piso daban al patio de luces…
<<O sea, que no había cotilleo que no se le escapase. Incluso se enteró de que le di a uno de nuestros hijos dinero a escondidas, y eso que nosotros estábamos en el primer rellano, y ella en el último. Y vivíamos en un edificio de siete plantas.>>
Esta vez nadie dijo nada porque todos se esforzaban en contener la risa, cosa que no todos consiguieron porque se pudo escuchar alguna risilla, o incluso se podía ver algún rostro sonriente tras los largos días de luto.
-Por favor… no le digáis a mi mujer que los que os he contado.
-Bien Miguel, tienes nuestra palabra de que no le diremos nada a Dora-dijo Achmed-De todos modos, he de recordar a todos los presentes que aunque ahora tenemos alguna prueba de los desaparecidos siguen vivos, no sabemos cómo vamos a bajar.
-Aun así Achmed,-dijo el Caminante-tenemos que bajar. Si no te parece que el rescate de la gente que se cayó al vacío es suficiente razón para ir, te recuerdo que el pozo se ha vaciado por los temblores. Y ahí abajo hay agua, mucha agua.
-Pero no podemos arriesgarnos a bajar y que esa agua no sea potable-la voz femenina que habló antes volvió a intervenir-propongo que si bajamos ahí, que analicemos ese pozo antes de hacer ninguna tontería.
-Me temo que eso no va ser posible, Tallulah-dijo Ángel-¿Tienes tú un test de Empédocles?
-Parece que olvidas que antes me dedicaba precisamente a eso-dijo la mujer.
-Esperad, ¿Alguien puede explicarme que es un test de Enpero… lo que sea?-preguntó Miguel.
-Empédocles-Corrigió la mujer a la que Ángel se dirigió como Tallulah-El nombre viene de un filósofo griego… Es un test para comprobar la potabilidad de una muestra de agua rápidamente, sin tener que llevarla a un laboratorio. Aunque es un método muy reciente, se ha demostrado que es fiable el noventa y nueve por ciento de las veces. Lo crearon cuando la situación mundial empezó ser crítica… o mejor dicho, cuando todo estuvo a punto de irse a la mierda.

El Caminante se fijó en ella: no deberían llevarse muchos años el uno del otro, pero le dio la sensación de que era más madura que Él en algún aspecto. Llevaba el pelo rizado y largo, y era de color negro como el azabache. Era un tanto extraño, ya que daba la sensación de llevarlo pulcro, impecable, a pesar de la evidente falta de agua. Acababa de poner los brazos en jarra, de modo desafiante, como si quisiese resaltar su desafío a la pregunta que acababa hacer el pobre Ángel, del cual era difícil saber si estaba en estado de shock o sorprendido por su arrebato. Tenía el cuerpo atlético de una deportista, el cual parecía destacar por su postura pendenciera. Le recordaba de alguna manera a la protagonista de una película barata explotation de los ochenta.

“Es tan diferente de ella…”

-Vuestro entusiasmo es realmente un gesto que se agradece-reanudó Achmed-pero debéis recordar que aún no sabemos cómo vamos a bajar hasta el fondo del foso.
-¿Hay algo que podamos usar como equipo de escalada?-preguntó Tallulah.
-Bueno… creo que sí.-intervino el marido de Dora-Me suena que en el viejo almacén hay material de obra, y recuerdo haber visto arneses y cuerdas, de los que usan los obreros cuando se suben al andamio.
-Genial, creo que puede servir.-Tallulah relajó su postura y se mostró más animada-Siempre que esté en un estado aceptable, claro.
El Caminante se dejó contagiar por el ambiente que estaba empezando a animarse. No obstante, tuvo que recordarse la cosa que vio arrastrarse en aquel barranco… Había hablado anteriormente con los demás de ello, y estaba la posibilidad de que aquella cosa no estuviese sola…
-Creo que sería conveniente organizar una partida de búsqueda. Un grupo, quiero decir. Quien sabe lo que podríamos encontrar allá abajo…
-Bueno, si vemos que ese equipo está en condiciones para ser utilizado, entonces ahora tendríamos que decidir quién tiene que bajar. –Dijo Achmed, el cual avanzó un poco hacia el centro de la sala y preguntó dirigiéndose a todos los presentes-¿Alguien se ofrece voluntario?
-Ya que creo que soy la única que sabe utilizar un equipo de escalada como es debido, debería ser la primera en ir.-dijo Tallulah-Además, soy la única que sabe hacer un test de Empédocles para comprobar el estado del agua.
-En ese caso-dijo El Caminante-creo que debo acompañarla. Mi primer intento para encontrar agua fue… inquietante, como recordaréis. Creo que tengo la obligación de ayudar a buscar agua para la aldea, cueste lo que cueste.
-Bien-respondió Achmed-pero debéis recordar que lo primero es encontrar a los desaparecidos…
-En ese caso, supongo que yo también tendré que ir. –Dijo Ángel- Alguno de los desaparecidos podría estar en estado muy grave, y necesitarán toda la ayuda que les pueda dar –bajó la cabeza y se quedó mirándose las manos –aunque sea muy poca.
-Pero Ángel, ¿No crees que los heridos que tenemos en la aldea podrían necesitarte más?
-No lo creo, Achmed; la mayoría de ellos ya están todo lo estables que podrían estar, y se las pueden apañar siempre que tengan a alguien que le cuide, al menos para lo más básico. Además, la verdad es que no puedo hacer más por ellos con el poco material que tenemos, pero creo que eso ya lo sabes.
-Bien-sentenció finalmente Achmed-a mí me parece que ya tenemos un equipo que se podría considerar bastante consistente. ¿Alguien más se quiere presentar voluntario, o que desee comentar algo?
Por un momento nadie dijo nada, hasta que por fin Marcial decidió romper el silencio:
-Esperad, aún no puedo creerme que vayamos a enviar ahí abajo al único médico que tenemos.
-Bueno Marcial-respondió Achmed-Ángel ya nos ha dicho que nos podemos apañar sin él, y que es más fácil que alguno de los desaparecidos lo necesite más urgentemente…
-Esa no es la cuestión-cortó Marcial-¿Pero qué pasaría si tuviesen un accidente mientras juegan a los escaladores? A mí no me parece que las paredes de ese agujero sean las mejores para hacer deportes extremos.
<< Además, aún está el asunto de la cosa con tentáculos que vio nuestro nuevo amigo, que todavía no nos ha dicho como se llama, por cierto. Aún no sé si creerte o no, pero si es verdad, si es bicho que vio es de verdad, yo no enviaría a nuestro médico a lo que debe de ser su nido, o como quiera que se llame la vivienda de esa cosa. Va a necesitar protección. >>
Cuando terminó de hablar se puso en pié, dejó salir un resoplo y agachó la cabeza. Cuando empezó a hablar de nuevo, lo hizo sin apartar la vista de sus pies.
-Va a necesitar protección-repitió-y da la casualidad de que yo tengo una escopeta de caza y unos cuantos cartuchos. La guardaba por si alguna vez veía algo que pudiese cazar, aunque de momento me ha servido de bien poco.
-En ese caso, que se la podría dejar a uno de ellos…
-No Achmed, una escopeta no es un juguete que se lo puedas dejar a cualquiera, y creo que estarás de acuerdo con eso.-Finalmente, Marcial levantó la vista-No queda otro remedio: tengo que ir con ellos. Además, si hubiese que cargar a algún herido a la espalda, yo soy el único que podría hacerlo: estos chicos son demasiado enclenques para algo así.
-Creo que es buena idea que venga con nosotros; no sé si lo que vi podría ser agresivo o no; aun así creo que no es el único peligro al que podamos enfrentarnos frente al cual podríamos necesitar protección.-Marcial asintió después de que el Caminante dijese esto, pero no dijo nada: le daba la impresión de que no se fiaba de él.
-En ese caso-concluyó Achmed-creo que cuatro es el número adecuado para nuestro grupo de búsqueda.

“Pero recordad esto: no deis por supuesto nada, ya que nadie de nosotros sabe lo que nos espera…”

X

21 de Septiembre de 2012

-Guarden silencio, por favor. Bien, a continuación pasaremos a la siguiente unidad didáctica: “nociones básicas de espeleología”.

Estaba en aquel curso de créditos de libre elección, gratuito y financiado por el gobierno (de hecho, por cualquiera de los gobiernos miembros de la alianza transatlántica). La histeria colectiva a un ataque con armas de destrucción masiva a gran escala se había contagiado a las más altas esferas, de modo que ahora todos los gobernantes del mundo querían que sus ciudadanos estuviesen preparados para lo peor: cursos de primeros auxilios y de supervivencia, refugios civiles, protocolos de emergencia… Todo aquello solamente era una porción del gran despilfarro que se estaba cometiendo a nivel mundial. Se empezaron a administrar las vacunas unos meses atrás, justo después del alzamiento en El Congo; pero entonces la situación era más o menos calmada, y había mucho más escepticismo. Pese a todo, él mismo aún se mantenía escéptico, ya que no se había podido demostrar de ningún modo los efectos de la inyección anti pos-guerra, además de que la campaña de vacunación, conforme pasaron los meses, empezó a tener demasiadas similitudes con la estafa de la gripe porcina. Todo aquello, más que una crisis, era una treta para sacar a los ricos de su crisis, aquella en la que se habían metido ellos solos y habían invitado al resto del mundo como acompañante en tan fatídico viaje.

Si Él se encontraba allí era para tener esos créditos universitarios gratis, cosa que se traducía en el interés mínimo para aprobar, y largas conversaciones con sus compañeros de clase, que interrumpían la oratoria de aquel formador aburrido y con pocas ganas de dar lecciones de espeleología. Y justo en ese momento, momento en el que el profesor pedía silencio, estaba hablando con Ramiro.
-Bueno, pues como te iba diciendo-reanudó Ramiro-se dice que esta empresa farmacéutica suiza, esta que se puso a cortar suministros a los países que no podían pagar sus recursos sanitarios… ¿Cómo se llamaba? ¿Pierry?
-Pierre –corrigió Él-si es que estoy pensando en la misma que tú.
-Esa es, Pierre… Bueno, como recordarás, ellos fueron los principales inversores para investigar la inyección anti pos-guerra, además de que fueron los que formaban el grueso del equipo de investigación…
-Ve al grano, Ramiro.
-Bueno, pues se dice… que esta farmacéutica también participó en aquel sarao de la gripe A.
-¿Sabes? –dijo Él- Ahora mismo estaba pensando en ello y… Creo que acabas de descubrir américa sólo cinco o seis siglos después que Cristóbal Colón –rió- ¡Todas las empresas farmacéuticas estaban metidas de lleno en aquel tinglado!

Ramiro respondió con un refunfuño ofuscado, y al parecer decidió responder ignorándole de momento y prestando una atención escasa a aquella introducción a la exploración de cuevas y grutas. En aquel momento, el profesor del curso explicaba, con aire no muy convencido, que encontrar agua en una cueva es relativamente fácil si se encuentran formaciones como banderolas, gours, o las famosas estalactitas o estalagmitas. Acompañaba a aquel particular soliloquio una presentación de diapositivas que sintetizaba, al menos en gran parte, todo aquello que se estaba intentando explicar, junto a algunas fotos espectaculares de las formaciones geológicas que se acababan de mencionar. Él pensó que aquellas fotos eran bastante bonitas, pero poco prácticas, ya que mostraban aquellas rocas rebosantes o incluso chorreantes de agua, pero bajo unas condiciones de luz adecuadas, condiciones que nunca se podrían dar si uno se escondía en una cueva con poco más que una linterna a pilas. Sería mucho más probable tropezar y ser empalado por una de esas cosas antes que encontrarla para abastecerse de agua, pensó con cierta sorna.

-Lo que os pasa a vosotros es que os pensáis que ya lo conocéis todo –dijo Ramiro cuando decidió salir de su ofuscamiento-pero te digo yo, que si hubierais vivido en mi época… Bueno, os habrían puesto al día en un par de días, o aún menos si te tocaba ir a la mili.
-O eso, o habríamos terminado siendo yonquis, como la mitad de tu generación.
-Ya, bueno… Lo que quería decir antes –prosiguió- es que ahora se dice que para arreglar el daño que se hicieron a sí mismos durante la crisis de la gripe, han usado estas nuevas inyecciones.
-Eso no tiene mucho sentido-respondió Él.
-No espera, es que la cosa no termina ahí. Se dice que estas vacunas no son algo nuevo. Hay rumores que afirman que se trata de un experimento que lleva bastante tiempo en marcha.
-A ver si lo sé: ¿Es un experimento para controlar mentalmente a las masas?
-¡Pues claro que no!

En aquel momento, la lección de espeleología se centraba en los peligros que podían ocurrir durante la exploración de una cueva: había que ser especialmente cuidadoso, e ir tanteando continuamente el terreno si uno no quería ser absorbido por un sumidero, o una sima, ya que en el fondo podría haber, en el mejor de los casos, un río subterráneo poco profundo, o si no se tenía tanta suerte, roca y piedra, o incluso una formación de estalagmitas, como si se tratase una de esas viejas trampas que siempre aparecen en el momento de mayor tensión durante el clímax de una película de aventuras…

-Por dios, esto es demasiado aburrido, y lo único que hace es dar ganas de esconderse en un agujero –dijo Ramiro cuando decidió reanudar la conversación-si al menos hubiese algún tipo de lección práctica con salidas al campo…
-O que nos dejasen tirar a este tipo por un sumidero a cambio de más créditos, ya que estamos. Pero en fin, si ese experimento del que hablan los rumores no es para crear felices zombies que aman a su líder… ¿Qué tipo de experimento es?
-Pues verás, este experimento se lleva desarrollando desde tiempos de la Guerra Fría. Al parecer, desde el propio bloque aliado se buscaba una garantía adicional de para proteger a los supervivientes, en caso de cumplirse el acuerdo de destrucción mutua.
-¿Pero la idea de los bunquers anti bombardeo no surgió en esa época?
-Si bueno, pero ¿Cuántos años puede permitir hacer vida normal un sitio cerrado bajo tierra? ¿Algunas décadas, como mucho? ¿Y si hay que salir urgentemente al exterior, por la razón que sea?
-Ya veo por donde vas…
-Exacto. Al parecer, las inyecciones son el paso que va después de los refugios para poder vivir en el exterior después de un ataque de ese calibre.

En ese momento, la clase de supervivencia se centraba en la exploración de los ríos subterráneos, una vez encontrados. A parte de los peligros normales que podría suponer la exploración de un acuífero normal, había que tener en cuenta que en un afluente que recorriese las diversas galerías subterráneas, a veces había tramos en los que el agua llegaba hasta el techo de la caverna, cosa que hacía imposible una exploración sin un sistema de respiración subacuática. Además, siguió diciendo el orador, había que tener especial cuidado cuando se exploraban ríos de poca profundidad que podían dar al exterior, ya que al final del mismo podría hallarse una surgencia, grandes saltos de agua que salían desde el interior de la roca. Un explorador demasiado confiado podía terminar saliendo disparado al vacío si no tenía cuidado con los ríos que tuviesen una corriente demasiado fuerte. Después de eso, la clase se centró en los diferentes tipos de rocas y cómo éstas podían indicar la existencia de agua, cosa que hizo que Él dejase de prestar atención para reanudar su conversación:

-Dime una cosa, Ramiro… Si esa misma vacuna la llevan desarrollando desde la Guerra Fría… ¿Por qué razón dio tantos problemas al principio? ¿Por qué han tenido que hacer diferentes versiones hasta dar con la definitiva?
-La explicación más lógica suele ser la más sencilla, y esta es que a la vacuna original le tuvieron que añadir la función de proteger de armas químicas y biológicas. Pero si te digo la verdad, no tengo ni idea en qué se parecerá la última vacuna con la versión de la vacuna original…
“Aunque a decir verdad, creo que no hay que preguntarse qué ha cambiado en la vacuna, sino cómo nos ha cambiado la vacuna a nosotros…”



Día 406 tras el Apocalipsis

Algo había cambiado dentro de Él. Lo sabía, estaba seguro. Tras todo aquello, el que hasta entonces era todo su mundo había cambiado.

Después del pavoroso espectáculo que supuso el hundimiento parcial de la aldea, y con una gran nube de polvo que lo cubría todo como el telón de un teatro como punto final, el silencio sepulcral que siguió todo aquello sonó como una ovación que procedía de un público de ultratumba. El Caminante corrió todo lo que pudo, en un intento desesperado de empezar a proporcionar primeros auxilios antes de que la población de la aldea se redujese. Luego recordó que pasó de hacer ningún curso de primeros auxilios y que cuando llegase allí no sabría qué hacer si la vida de alguien corriese peligro. A pesar de todo, no aminoró la marcha porque sabía que en una situación así, cualquier ayuda que pudiese dar sería buena. Cuando faltaba menos de medio quilómetro para llegar a la aldea, empezó a escuchar los primeros sollozos de angustia, y las voces desesperadas que llamaban a seres queridos desaparecidos entre la gigantesca nube polvo. Conforme avanzaba se podían vislumbrar entre la espesa humareda borrosas siluetas que avanzaban con los brazos extendidos, a ciegas, emitiendo a coro un sollozo desesperado, como una coral de fantasmas ciegos.

Intentó contener la respiración todo lo que pudo mientras se ajustaba la capucha del impermeable protector, la cual tenía en la parte delantera una membrana de una tela sintética, la cual podía hacer de mascarilla para proteger de polvo; una vez estuvo dispuesto, avanzó entrecerrando los ojos y maldiciéndose por dentro por no haber cogido las gafas protectoras que traía consigo al salir de su refugio. Veía como aquí y allá se empezaban a alzar otras siluetas, más grandes y estáticas, que correspondían a los edificios de la aldea. Se dio cuenta de que cuanto más se acercaba al centro de la pequeña población, veía menos siluetas que intentaban huir de la espantosa grieta que se había abierto como una herida en medio de aquella tierra; lo más preocupante de todo era que con la espesa nube no pudiese ver aquel agujero enorme y terminase precipitándose al vacío… otra vez.

No obstante, no tuvo esa mala suerte, ya que hubo un momento en el que frente a él se empezó a dibujar una forma rota, rasgada de una forma grotesca, y hecha añicos. Al Caminante no le costó reconocer, no sin sentir cierto terror, que era parte de la casa que momentos antes vio saltar por los aires, y vio con mayor horror de que se trataba ni más ni menos de la casa donde se cultivaban los pocos alimentos con los que tenía que subsistir la aldea. “Si no fuese suficientemente malo el problema de la escasez de agua, ahora además vamos a estar sin comida…”. Estaba pensando en cómo iba a decirles a todos que la partida de búsqueda de agua había sido peor que un fracaso total. “Sí, bueno, no he encontrado agua, pero sí un bicho con muchos tentáculos negros, de aspecto peligroso e infecto. A lo mejor nos lo podemos comer, si no nos come él antes.” Podía distinguir por su oscuridad tenue el abismo que se extendía algo más allá, pero era algo tan vago, tan difícil de distinguir, que no hubiera sabido decir si estaba allí.
-Agua…
Sí, el agua. El agua era la fuente de todos los problemas, es más, los problemas se habían diluido en el agua y ahora fluían con la misma facilidad. Recordó lo que le dijo Achmed antes de irse: “Basta un pequeño temblor o un desprendimiento en un par de quilómetros a la redonda para que el pozo se derrumbe o quede drenado por la formación de alguna bolsa de aire”. Al parecer, Achmed acertó de pleno, aunque con un resultado mucho más catastrófico de lo que había previsto.
-Agua… por favor…
Giró en redondo, mirando a su alrededor. La primera vez no estuvo del todo seguro de haber escuchado aquella voz, ya que sonaba tan débil que era imposible saber si era un grito lejano. Pero estaba ahí, cerca de Él: de hecho, estaba seguro de que procedía de los escombros que habían sido en tiempos mejores la casa invernadero en la que Luca y Camila cultivaban patatas. Es más, aquella voz…

Saltó por encima de los escombros y empezó a retirar piedras con la mayor rapidez que pudo, lanzándolas lo más lejos que podía de los restos de la casa. Algo le decía que la voz que había escuchado procedía justo debajo del punto sobre el que se encontraba ahora mismo. Hubo un momento en el que la espesa nube de polvo por fin empezó a disiparse, dejando pasar la luz del sol y permitiendo entrever los oscuros huecos que quedaban entre los cascotes. Y justo en uno de esos pequeños resquicios, en un fondo oscuro y apenas perceptible, pudo ver un ojo hinchado y amoratado.
-Agua… ayuda…
-¡Aguanta!
Siguió sacando cascotes de entre las ruinas, siempre con cuidado de no provocar ningún derrumbe que pudiese dificultar aún más la labor de rescate. Estaba en ello cuando escuchó unos pasos que se acercaban; se alzó y vio a Ángel, que iba llegando a su posición poco a poco mientras miraba con aire ausente hacia el otro lado, con las gafas torcidas y opacas por el polvo, con un aspecto que recordaba al de un científico loco tras un demencial experimento fallido.
-Dioses… Y yo que pensaba que lo de Alderaan había sido trágico…
Miró hacia la misma dirección que el médico y supo a los que se refería: justo detrás de él se extendía el abismo, inmenso. El fondo era apenas distinguible, y se lo tragaba la oscuridad, la cual era como un manto opaco que cubría el lecho del mismo. A diferencia del pequeño cañón al que se asomó el otro día, aquel enorme socavón no solo le devolvía la mirada, sino que daba la impresión de que tiraba de él, lo atraía, quizás para hacerle caer al vacío, tragárselo, y hacerle desaparecer para siempre. Era un vacío malvado, negro, y que además daba la sensación de estar vivo; es más, tuvo incluso la impresión de ver por el rabillo del ojo algo arrastrándose…

Se tuvo que obligar a apartar la mirada, ya que recordó que hacía rato que no escuchaba nada de debajo de las ruinas sobre las que se hallaba:
-¡Ángel, déjate de analogías estúpidas y ven a ayudarme! ¡Aquí debajo hay alguien! ¡Creo que es Luca!
El médico se ajustó las gafas lo mejor que pudo, y fue corriendo hacia Él. Juntos empezaron a retirar escombros lo más rápidamente que pudieron, hasta dejar libre a Luca de cintura arriba. No respiraba.
-¡Dios! ¡Haz algo, Ángel!
El médico alargó una mano que puso en el cuello de Luca.
-Lo siento tío… ha muerto.
-¡Pues reanímalo!
-¿Con que? ¿Tienes tú ahí un desfibrilador de bolsillo? ¿Llevas encima un chute de epinefrina?-dejó salir un suspiro de amarga resignación-Lo hemos perdido, Caminante.
Se hizo el silencio entre ambos. Se sentía enfermo por dentro, y tremendamente culpable por no haber hecho más por el pobre Luca. “Sin patatas, sin invernadero, y ahora sin nadie que nos ayude a cultivar la comida”. Estaba pensando en lo cruel que había sido el destino al dejarlos sin sustento, cuando empezó a escuchar un rumor, primero más lejano, y luego más intenso, que provenía de algún lugar del abismo. Ángel y Él dirigieron sus miradas hacia el vació sin saber muy bien que esperar…

Y entonces, al igual que enormes corchos de champán, salieron disparados grandes trozos de roca de diferentes puntos de las paredes de aquel enorme agujero. Se habían abierto varias aberturas por las que ahora se empezaban a verter miles de litros de agua, quizás centenares de miles.
-¿Qué demonios es eso?-preguntó Ángel sobrecogido.
-Eso son surgencias… Ríos subterráneos que surgen al exterior a través de una pared de roca. Parece ser que al bueno de Luca se le cumplió su último deseo.
-¿Cuál era su último deseo?
-Agua…

IX


INFECTO



En algún momento del año 2011, en algún lugar de un bosque centroeuropeo…

-¿Sabíais que aquí fue donde Tarantino rodó aquella mierda?

La tranquilidad de aquel bosque se vio turbada por el rugido del motor de un tráiler, el cual avanzó lento y bamboleante hasta aquel claro, donde se detuvo. Apenas un instante después, salieron de él dos hombres y un muchacho. Aunque su conversación se desarrollaba en árabe común, los dos mayores hablaban con un fuerte acento inglés, mientras que el más joven hacía sus esfuerzos por disimular un acento más galo.

-Pues a mí me gustó, ya sabes; va de unos rebeldes que luchan contra un poder opresor y todo eso. Y mola.
-¡Y la guerra de las galaxias también, Lobato! Pero lo que diferencia a una película de otra es que al menos una es entretenida, y la otra una mierda aburridísima.
-Sí, chaval –dijo el otro hombre- ni importa lo buena o mala que sea una causa; lo que importa realmente es que ejecutes correctamente cada acción que realices por ella. –Se subió a la cabina del camión para atender una llamada por radio, pero antes de contestar, añadió: -Espero que no se te olvide, porque como la fastidies, podrás considerar tu causa como perdida. ¿Entiendes, Lobato?
-Por supuesto… señor.

Lobato era un muchacho de unos dieciséis años de edad, aunque el intento de perilla que lucía lo hacía parecer mayor… pero tampoco mucho. Sus rasgos lo identificaban irremediablemente como uno de esos “inmigrantes de tercera generación” (aunque él había nacido en Francia, había sido criado por padres que habían vivido y crecido desde su más tierna infancia en Francia, y era tan francés como cualquier hijo de voisin), tal y como etiquetaron a tantos y tantos chavales de su generación. Y aunque lo llamaban Lobato (en realidad, ése no era más que su nombre en clave), no le gustaba nada que le trataran como a un lobo… aunque sería más ofensivo que le hubiesen tratado como al cachorro de un perro.

Cuando murió su hermana… mejor dicho, cuando algún neonazi (al que la gendarmería nunca llegó a atrapar) empujó a su hermana por una escalera de incendios, acabando así con su vida, las cosas empezaron a ir mal en el instituto, o mejor dicho, peor. No es que antes de aquello fuese el peor de la clase, pero era de los que tenía que hacer grandes esfuerzos para sacar una nota medio decente. Pero sin el apoyo constante de su hermana mayor, sentía que todo aquel esfuerzo no tenía nada de sentido. Sus profesores, como si nunca antes hubiesen tenido en cuenta todo el trabajo anterior ni su situación actual, no tardaron en echársele encima. Le repetían constantemente que era un inútil, que nunca llegaría a nada…

Aquello le sirvió como detonante para dejar aquel ambiente opresivo y pesimista y ponerse a trabajar en algo, pero tampoco le fue bien; los más tolerantes no querían contratar a un chaval sin el graduado escolar, y los demás, bueno… digamos que muchos dejaron de confiar en los inmigrantes y sus hijos tras los últimos disturbios de París. Saltó de trabajo en trabajo sin éxito hasta que por fin dio con el Señor Hassid, el cual le ofreció un sueldo, no muy grande, pero bien digno, a cambio de levantarse a las cinco de la mañana todos los días para acompañarle hasta el matadero. El Señor Hassid era un hombre no muy mayor (resultaba difícil ponerle una edad), y aunque nunca le había preguntado de dónde era, la verdad es que nunca le importaría el origen de alguien que se había portado bien con él, fuese de donde fuese.

Apenas dos meses y medio después de empezar su nuevo empleo, recibió una funesta nueva; Hassid tenía que cerrar el negocio. El dueño del local, es decir, el corso que les alquilaba el bajo, decidió no renovar el contrato. La razón que les dio es que había encontrado a alguien que quería montar una franquicia de una importante cadena de ropa, y que le ofrecían casi el doble por mes. Teóricamente, ése era un movimiento ilegal, pero no podían hacer nada debido a que el contrato de Hassid era meramente verbal. Fuese como fuese, Lobato sabía que todo aquello nada tenía que ver con el alquiler. Tras los disturbios que dejaron en jaque a Paris y a otras ciudades francesas, los medios conservadores de toda Europa achacaron el inicio de los mismos a lo que ellos llamaron una sobrepoblación descontrolada de ciudadanos inmigrantes, que habían traído con ellos un mercado más competente a nivel de precios, que luego habría acabado devorando el mercado local europeo, a no ser que, como sucedió y justificaron los mass media, estallara antes una gran ola de protestas.

Ahora, nadie en Occidente confiaba en los inmigrantes, pese a que ellos lo único que habían hecho era limitarse a jugar con las normas del juego que los países ricos habían creado. En apenas unas semanas, muchos inmigrantes lo perdieron todo; incluso sus padres perdieron su empleo y fueron despedidos al igual que muchos otros. Pese a toda esa impotencia que sentía por dentro, Hassid le dijo que no desesperase, que Dios proveería, que no dejaría a los justos sufrir y a los injustos sin castigar.

Y dos semanas después, sucedió.

Hassid le llamó pidiéndole que se reuniese urgentemente con él y en secreto, en un viejo almacén cerca de aquel matadero al que hacían aquellas visitas matinales. Junto a él se encontraban dos hombres, los mismos que se encontraban junto a él ahora mismo, en el claro del bosque. No le gustó la pinta de aquellos dos, aunque de entrada no supo porqué. Allí, el señor Hassid le habló por primera vez de hacer justicia por su propia mano, de castigar ellos mismos a aquellos por los que habían hecho un sacrificio y que a cambio les habían dado un portazo en todas las narices, en el mejor de los casos.

En aquel lugar apenas iluminado por uno altos ventanucos, Lobato miró primero a su supuesto benefactor y luego a sus dos acompañantes, y entonces se dio cuenta de qué es los que le olía mal acerca de esos dos hombres; eran “demasiado europeos” para meterse en los turbios asuntos vengativos de unos árabes. Pero el señor Hassid le tranquilizó, como si le hubiese leído la mente, añadiendo rápidamente:
-Tendremos que realizar sacrificios, y sacrificios muy dolorosos; pero gracias a Dios, no estaremos solos… y además necesitaremos toda la ayuda que se nos ofrezca.
Y luego le explicó muchas mas cosas, como qué iban a hacer, porqué debía hacerlo él, y porqué debían ir a hacerlo en aquel lugar… Según le explicó, fueron los políticos de aquel país los que incitaron la ola de odio y repulsión, extendiéndola a los países vecinos, como el suyo propio, por lo que debían dar el “pinchazo en el corazón de la cólera”.

Y no podía evitar recordar como aquellos desaprensivos ultrajaron a su pobre hermana mayor… No les bastó con perseguirla por oscuros callejones, ni se conformaron con hacer que encontrase la muerte contra el duro suelo… Tuvieron que marcar con una navaja casi cada pulgada de su piel con unas siniestras esvásticas, y luego ensuciar su pobre cuerpo de orines para saciar su oscuro e infecto corazón. Nunca pudo entender porqué tenían que existir personas tan malvadas. Nunca podría permitir perdón alguno por aquello.

El muchacho se encontraba plenamente sumergido en estos pensamientos cuando el ruido de otro vehículo que se acercaba a través de la carretera del bosque, en su dirección. El camión que venía no era un tráiler, si no que ya era más compacto, más pequeño… más discreto. Pudo reconocer al instante al conductor de edad incierta que, en su rostro, ahora esbozaba un semblante serio.

El Señor Hassid bajó de la cabina del recién llegado vehículo y habló de forma rotunda a los hombres que acompañaban a Lobato:
-Poned la mercancía en su sitio.
Acto seguido se inclinó un poco hacia el chico. Su media sonrisa, que ahora lucía más bien triste, volvió a aparecer una vez más para hablarle:
-¿Te encuentras bien, muchacho?
-Sí, es sólo… que estaba recordando.
-¿Recordando?
-Sí… en parte, recordando porqué voy a hacer esto. O mejor dicho, por quien.
El Señor Hassid lució ahora una sonrisa aún más triste, y añadió:
-Tranquilo… estoy seguro de que todo saldrá según lo previsto, y de que tú cumplirás perfectamente tu papel. –Tras echar un vistazo a su alrededor, dijo:- Es casi mediodía, chico… Tal vez deberíamos dejarte a solas para que puedas rezar en paz unos momentos, ¿Qué te parece?

Supo que con toda la presión que tenía encima, aquello era lo mejor que podía hacer en aquel momento. Se alejó entre los árboles con una esterilla bajo el brazo, la cual extendió mirando hacia la Meca, como era costumbre, mientras los hombres seguían sacando opacos paquetes marrones de entre las cajas de juguetes. Cuando Lobato se alejó lo suficiente, uno de los europeos se acercó a hablar con el jefe:
-Oye… ¿Cómo podemos estar seguros de él? ¿Cómo sabemos que no la va a fastidiar?
El hombre que segundos antes había sido el Señor Hassid, se deshizo de su amable y triste sonrisa para ocupar su rostro con una expresión fría y calculadora.
-No lo hará. Me aseguré bien de ello.
-¿Seguro?
-Seguro. Todo lo que tenía que hacer era darle el empujoncito que necesitaba. Y me aseguré de dárselo bien.
-Ya… -Y mientras volvía a su trabajo, el hombre que era indudablemente anglosajón (al igual que su otro compañero), añadió:

-¿Y se lo diste a él… o a su hermana?


Día 405-406 tras el Apocalipsis

Se volvía a encontrar otra vez en aquel lugar sagrado.

La luz del Sol, que penetraba diáfana desde la sima del techo del pequeño lago subterráneo, creaba graciosas y psicodélicas formas luminosas en las paredes, y teñía sus cuerpos desnudos de suaves destellos dorados. Todo cuanto se encontraba allí era delicioso para todos los sentidos, como si proviniese del platónico mundo de las ideas; la agradable brisa de la cueva, los rizos de la melena de ella, que tenían el color de las dulces cerezas, el agua corriendo limpia, fresca y juguetona entre la parte baja de sus vientres y más allá, y cómo los dos se fundían en un largo y cálido abrazo, y juntaban sus labios para saborear las deliciosas, deliciosas mieles póstumas al éxtasis amoroso…

Ahora, ella tenía la cabeza apoyada en su pecho, mientras él acariciaba los enroscados bucles de su largo pelo. Pese al gran gozo que no podía evitar sentir dentro de él, notaba que en aquel momento se la veía cabizbaja y pensativa. Desde que decidieron irse a vivir al pequeño lago, su situación había mejorado, al menos en parte; ya no tenían que preocuparse por encontrar la preciada agua, vivían protegidos de las inclemencias del cruel y mutado tiempo, y además podían pescar algo de comida de vez en cuando con la que comer de caliente casi todos los días…

“Lo más seguro es que, sin tener ahora preocupaciones para sobrevivir, estén saliendo todos los sentimientos de pérdida que han estado dormidos desde que pasó todo…”
Si había alguna forma de aliviar esa carga, la mejor era, sin duda alguna, dejar que la compartiese con él:
-Nena, te encuentro algo triste… ¿Estás bien?
-Bueno, es que… -tras hacer una breve pausa, y poner en orden sus ideas, por fin dijo:- ¿Cómo te lo diría…? ¿Nunca has pensado en lo que hemos hecho…?
-Bueno, si te refieres al que nos acabamos de echar, yo diría que ha sido, en mi vida, el mejor de los…
-¡Eso no, tonto! –Dijo ella entre risitas y dándole un golpe cariñoso con el puño en el pecho. Había dicho esa tontería para levantarle un poco el ánimo, y por lo visto lo había conseguido: -Vale… la verdad es que lo que hay entre nosotros es lo más dulce y lo mejor que me ha pasado en el mundo… y bueno, también me encanta hacerlo contigo, pero…
-Sigue… te escucho.
-¿No te remuerde la consciencia lo que hemos hecho… como humanidad?
-La verdad es… que después de lo que sucedió me pasé mucho tiempo pensando en si todo el progreso humano a lo largo de la historia merecía la pena si todo tenía que terminar así.
-Ya, pero es que… ¿No te ha parecido que confiábamos en saber cuando había que parar? Sobretodo los últimos años… era como si esperábamos que Dios o la Madre Tierra nos dijese que había que detener toda la maquinaria.
-Dudo mucho que, después de todo lo que el mundo ha vivido, exista un Dios que se preocupe por nosotros…-dijo Él.
-No se trata de Dios… o bueno, a lo mejor sí, pero es como si en el fondo siempre hubiésemos confiado en que el potencial de la humanidad tenía un límite. Algo que nos pararía los pies antes de estropearlo todo.
-Nena, ¿no te he dicho siempre que podemos ser capaces de alcanzar todo lo que nos propusiésemos? Bueno, a lo mejor el mundo entero no, pero…
-No, en eso te equivocas. Podemos alcanzar todos nuestros objetivos, pero… ¿De qué sirve si después no vamos a poder corregir los errores del pasado?
<<Creíamos que el ser humano no sería capaz de cambiar el mundo por completo…
Pero cuando lo conseguimos, nos dimos cuenta de que era demasiado tarde para volver atrás.
Nada ni nadie se interpuso en nuestro camino para advertirnos de que seríamos capaces de atrapar el Sol y hacerlo nuestro, y que nos abrasaríamos al llegar hasta él. >>
-¿Sabes? Tal vez tengas razón. Tal vez alguien tuvo que advertirnos de que nuestros actos sin mesura acabarían con nosotros…

La luz que inundaba pacíficamente toda la cueva empezó a apagarse suavemente, y el eco de su voz llenaba cada vez más la vacía oscuridad que iba creciendo…:
“Pero en el fondo sigo pensando que si somos capaces de alcanzar el mismísimo Sol, ¿porqué no deberíamos ser capaces de evitar quemarnos con él? Al fin y al cabo, hacer algo imposible demuestra que podemos ser capaces de arreglar hasta los peores errores del pasado…”

Poco a poco, la visión quimérica de aquel agradable lugar fue desapareciendo, al igual que el eco de su voz, que cada vez reverberaba más y más hasta hacerse casi inentendible, de forma que era imposible saber si hablaba o aquello que escuchaba no era más que ruido de sus pensamientos. Entre los confusos sonidos, aún pudo escuchar como ella decía:
-¡Pero mira la de tonterías que puedes decir a veces!
Y cómo los dos estallaban en unas carcajadas que ahora sonaban lejanas y distantes. Antes de que el sonido de sus voces desapareciese por completo, aún pudo escuchar cómo alguien (no sabía si él mismo o ella), recitaba aquellos versos que tanto les gustaban…
<<Meravigliosa creatura,
sei sola al mondo… >>

Se despertó.

Estaba acostado sobre el duro suelo (el cual tenía un olor sutil pero extraño), boca abajo. A su alrededor, la oscuridad le rodeaba de tal forma que apenas podía ver bien lo que había allí abajo. Le dolía la cabeza más que antes de precipitarse por el barranco, y sentía todo el cuerpo magullado; pese a todo, pudo comprobar cuando se incorporó que no debía tener nada roto. Miró hacia arriba, y vio que ya era de noche, o que al menos el cielo estaba oscuro y no tenía estrellas, por lo que era difícil saber si estaba nublado o si en cambio quedaba poco para el amanecer, lo cual le dificultaba saber cuántas horas debió de estar inconsciente.

Esperó un poco mientras esperaba a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad para poder distinguir mejor el lugar en el que estaba. Notó que tenía el chubasquero-gabardina empapado de una sustancia extraña y pegajosa; miró al suelo, e intuyó el brillo que durante la caída le había hecho creer que había agua en el cauce. Se arrodilló, y metió el dedo en el extraño limo transparente, el cual goteó perezosa y espesamente cuando lo levantó a la altura de sus ojos; había una gruesa capa de moco transparente en el suelo, el cual era mayoritariamente barro y tierra suelta, cosa que pudo haberle amortiguado la caída… Pero era algo indudablemente extraño. También notó que allí había algo más que tampoco cuadraba del todo, pero no era capaz de saber el qué. Buscó un sitio elevado sobre el que poder ver mejor, y vio una roca que sobresalía de la pared, sobre la cual podría escalar fácilmente. Cuando se subió y volvió a mirar hacia abajo, pudo distinguir a unos metros el árbol sobre el que había caminado, o lo que quedaba de él, enganchado entre las paredes del barranco, suspendido sobre el suelo. Pudo ver que lo que era la copa ya no estaba, y que su longitud se había acortado a la mitad. “Así que el jodido árbol estaba medio carbonizado por la parte de arriba, ¿eh?… menuda gracia.” También pudo ver que su caída había provocado una forma más que curiosa en el suelo; en vez de dejar marcada la forma de su cuerpo, lo cual sería lo más lógico, la marca de su caída era prácticamente redonda… y grande, más grande de lo que era él.

Se acuclilló unos momentos sobre la roca para reflexionar sobre todo lo sucedido (y a la vez, satisfacer un repentino capricho infantil de sentirse como un explorador); había caído desde lo alto del barranco cuando la parte superior del árbol sobre el que caminaba se debió de pulverizar, liberándolo de las rocas que lo tenían atrapado, seguramente. Luego, recordó cómo caía al vacío, y sintió el golpe que se dio en la cabeza… ¿O tal vez no? La cabeza le dolía desde el incidente de la viga, cierto, pero no tenía del todo seguro si había estado consciente cuando sucedió el impacto. O puede que sí se diese con la cabeza primero, y luego perdiese la consciencia, porque aún tenía grabada la imagen de ver sus pies y bajo ellos el cielo… Y si no se había hecho nada, tal vez fuese gracias a las extrañas babas que cubrían el suelo reblandecido de barro… Hasta ahí, todo tenía lógica, a excepción del pequeño cráter circular que había dejado el impacto. Tal vez el extraño fluido tenía algo que ver…

¿Pero de dónde salía?

Recordó con un escalofrío lo último que vio antes de perder el sentido. Aquella cosa de aspecto asqueroso y extraño. Examinando ese recuerdo con más detalle se dio cuenta de que también tenía cierto brillo aceitoso, lo cual era también algo raro, si obviaba los tentáculos. Pero podría ser una posible explicación para el limo que había allí abajo. De todos modos, ahora ya le importaba más bien poco el encontrar una fuente de agua o no, porque el plazo que le habían dado para volver terminaría ese mismo día si no había terminado ya. No sabía qué demonios era aquello que vio, ni recordaba de ningún animal terrestre que tuviese el mismo aspecto, pero desde luego no estaba dispuesto a averiguar qué era. Iba a salir de allí y a advertir a la aldea de que por ahí había algo suelto; seguramente estaba allí porque cerca debía de haber alguna fuente de agua de la que sobreviviría, pero no estaba por la labor de entrar en el territorio del bicho sin tener a mano algo con lo que defenderse… por si acaso.

Desde donde estaba, le era imposible saber hacia dónde había que dirigirse para regresar a la aldea, de modo que decidió fiarse de su instinto y echarse a caminar hacia donde se había atascado el tronco del árbol, pasando por debajo de él. Cuando llegó al otro lado, no pudo evitar contemplar por unos instantes el agujero por el que aquella cosa se había escurrido… Las paredes del mismo estaban llenas de la baba que había por todo el suelo. Hizo de tripas corazón y miró hacia el oscuro interior, intentando ver si aquello conducía a algún lugar o si podía ver moverse algo… Pero al no obtener resultado, se alejó de la pringosa madriguera y siguió caminando por el fondo del precipicio.

Llevaba caminando cerca de una hora cuando pudo ver que el suelo empezaba a estar cada vez más seco y menos untuoso, por lo que intuyó que se estaba alejando de lo que debía ser el hábitat de la extraña criatura negra. Se centró ahora en buscar algún sitio por el que escalar y salir a la superficie. Ahora ya sabía que no podía fiarse ni de árboles ni de raíces…

El Caminante estaba siguiendo aún el recorrido del barranco cuando el cielo empezó a volverse de un color más claro, señal inequívoca de que el amanecer estaba dando lugar a un nuevo día. Un rato después, cuando los primeros rayos del Sol marcaron la posición del astro rey en el horizonte, pudo ver que, o el golpe le había dejado desorientado, o que el barranco estaba dando un gran giro hacia el sur. Siguió caminando y vio como la pared oeste se elevaba poco a poco, pero también como parecía que se inclinaba más y más. Aceleró un poco más la marcha y, tras pasar entre unas rocas hundidas en el seco cauce, vio cómo efectivamente lo que podría haber sido en otro tiempo el cauce de un pequeño arroyo, ahora seco, se elevaba hasta lo alto de una colina, a la cual se podía subir hasta su punto más elevado sin muchos problemas. Siguió el camino que marcaba la erosión que dejó el arroyo mucho tiempo atrás hacia arriba, hasta que por fin pudo salir del barranco. Siguió subiendo para poder orientarse y ver donde se encontraba, y cuando llegó a lo alto de la colina, pudo ver que había salido al este de la aldea, y muy lejos del punto en el que había caído. Se dirigió hacia el lejano y pequeño grupo de casas, no sin sentir durante el camino de regreso cierta vergüenza por no haber obtenido éxito alguno con la búsqueda de agua, y traer además inquietantes noticias.

“No sé cómo van a tomarse el asunto de la cosa con tentáculos, pero desde luego estoy seguro de que tan bien como el asunto de la gallina no…”

El sol se encontraba ya completamente fuera e iluminaba toda la tierra yerma y desolada con sus rayos dorados, y al Caminante le faltaban unos quinientos o cuatrocientos metros para llegar cuando se empezó a escuchar un extraño rumor que surgía de la entrañas de la tierra, el cual llegó acompañado por un primero suave, y luego más intenso temblor.

“¿Qué es esto, un terremoto…?”

“No, un terremoto no, debería temblar todo, y el temblor viene de…”

Miró hacia la aldea, de la cual se empezaba a levantar ahora una gran nube de polvo y humo. Desde donde estaba podía escuchar los gritos de la gente aterrorizada, incluso vio como algunos aldeanos se alejaban de la misma…

“¿¡Se puede saber qué coño está pasando!?”

Y de repente, el grave retumbar de la tierra se calló, interrumpido por un terrorífico crujido, que sonó mastodóntico y antinatural. Pudo ver desde su posición, aterrorizado, cómo una de las casas, la que se encontraba más alejada del centro del pueblo, se alzaba hasta una altura de casi cinco metros, con sus cimientos aún aferrados patéticamente a ella, y cómo se empezó a ladear lentamente hacia uno de sus lados y empezó, primero más despacio y luego más deprisa, a hundirse irremediablemente en la tierra, hasta desaparecer por completo por un gran agujero que se acababa de abrir y que estaba creciendo sin parar.

La gran cicatriz que acababa de desgarrar la tierra empezaba ahora a extender grandes grietas que, como tentáculos, acariciaban peligrosamente el terreno que rodeaba las demás casas de la aldea, y que también se extendían hacia donde se encontraba el Caminante. A apenas unos cien metros de su posición la gran grieta que amenazaba con tragárselo se detuvo, pero se ensanchó y se tragó todo lo que había a sus alrededor, hundiéndolo en un oscuro abismo cuyo fondo no se podía ver por todo el polvo que se había levantado.

Y por fin, cuando parecía que aquel dantesco espectáculo nunca iba a parar, las terribles grietas tentaculares dejaron de crecer, dejando que los escombros que habían quedado en equilibrio en sus vértices se precipitasen al vacío y a lo desconocido.

Y luego, nada más que silencio. Un silencio de ultratumba.

Un silencio que parecía surgir de las mismas entrañas de la tierra…

VIII

Día 72 tras el Apocalipsis

-¿Cuánto tiempo llevamos esperando?
-No sé, Julián… ¿Tal vez 4 meses? ¿3 meses y pico?
-¿Y no es eso bastante para poder salir?
-Sabes que eso no va así… cuando la luz que hay en la salida del refugio deje de ser roja y se ponga verde, entonces será seguro salir fuera.
-Mierda, tío… ¿Y si no se pone nunca verde? ¿Y si el mundo ha dejado de ser seguro para vivir… bueno, para cualquier cosa que esté viva?
-Oh, vamos… ¿Porqué ha de ser así?
-¿Conoces a Johan, ése tío con acento extranjero?
-Sí, al que han puesto en la sala esa de pantallas…
-Vale, sígueme. Vamos a hablar con él.

No tenía ni idea de qué era la que inquietaba tanto a Julián, pero desde los últimos días en los que había empezado a presentarse al resto de habitantes del refugio, se lo veía un tanto desesperado. El día en que se conocieron tuvo la impresión de que pese a llevar tanto tiempo encerrado sin meterse nada, lo estaba llevando bastante bien.

Puede que incluso demasiado bien. Y era ahora cuando sus sospechas empezaban a tomar forma.

Respecto al lugar al que se dirigían, se trataba de una sala en la que se monitorizaba toda la actividad que se pudiese llevar a cabo en el exterior, así como el clima, agentes químicos y biológicos… en definitiva, como había dicho Johan, desde ahí se aseguraba que cuando se encendiese la luz verde, salir fuese seguro de verdad También se gestionaban allí las comunicaciones con otros refugios, o con cualquier instalación que permaneciese operativa. Era una de las muchas instalaciones de las que se disponían ahí dentro; entre otras cosas, tenían también un hospital con equipo especial de descontaminación y tratamiento de afectados por armas químicas o biológicas, y de un generador de energía propio, que según le habían explicado, funcionaba como una central geotérmica. No sabía que justamente en el centro de su ciudad fuese viable construir una instalación así, pero al parecer había más refugios, los suficientes para contener a todos los habitantes de la ciudad. “El problema es que todos estarán tan vacíos como en nuestro. El ataque nos pilló a todos por sorpresa…” Según les había contado Johan, 4 de los 8 refugios no llegaban al 50% de su capacidad, y había uno con el que era imposible establecer contacto alguno, porque posiblemente se encontraba completamente deshabitado.

-Bueno, ¿Puedes decirme al menos qué es lo que me tenéis que contar?
-No hay nada que contar, tú tan sólo tienes que verlo.
-¿Ver? ¿El qué? ¿Algo del exterior? ¿Está el ejército del dictador loco o algo así ahí fuera?

Pero Julián no dijo nada, solamente siguió andando apresuradamente hacia donde se encontraba la sala de las pantallas.

Llegaron a una puerta de cristal traslúcido en la que se leía “SVFE y TELECOM”, escrito en un vinilo cuidadosamente pegado. La puerta no tenía pomo alguno, tan solo un pequeño botón a modo de timbre en el lado derecho de la misma. Cuando llamaron, tan solo tuvieron que esperar unos instantes hasta que la puerta se desplazó silenciosamente de forma lateral, dejando al descubierto el interior. Ambos habían entrado ya ahí dentro, aunque cada uno por separado y con motivos diferentes. Julián se debió cruzar con el técnico de los monitores en alguno de los espacios comunes, y gracias a sus inagotables temas de conversación, consiguió compartir el espacio de la sala de monitores con Johan para hacerle más soportable la soledad de su puesto de trabajo. Él, en cambio, recibió un encargo de Johan un día que se lo encontró por los pasillos, el cual le pidió que le ayudase a buscar su caja de herramientas, la cual había prestado y se la habían dejado olvidada por ahí. Dentro de la sala el aire era más fresco que en el resto de las instalaciones, ya que los aparatos de climatización debían mantener un clima más frío para permitir que todo el equipo informático trabajase en unas condiciones óptimas. Pese a que cuando a uno le hablan de una sala llena de pantallas para vigilar un sitio o sitios en concreto, se imagina siempre un lugar oscuro, pequeño, con muchos televisores de tamaño reducido apelotonados en un lado de la habitación, y frente a ellos a un tipo sudoroso tomando de forma constante café del malo para evitar quedarse dormido, para imaginarse aquel lugar había que desechar todo lo anterior… a excepción del café, y no del todo, ya que Johan preparaba un café único en el mundo.

Lo que más llamaba la atención de aquel lugar era la luz. La luz omnipresente, limpia y pura que inundaba todos los rincones de la estancia. El orden que mantenía Johan en su impecable escritorio también se hacía notar, así como la total ausencia de trozos de cable, enchufes y conectores que normalmente uno esperaría ver esparcidos por el suelo, los cuales se encontraban perfectamente ordenados en los armarios que había al fondo de la habitación. Pero lo que no pudo dejar de mirar la primera vez que entró, y que aun ahora le hipnotizaba brevemente cada vez que entraba en aquel lugar, era el conjunto de pantallas que formaban un mosaico perfectamente encajado en la pared, el cual funcionaba a la vez como un único monitor, o como muchos monitores, dependiendo del momento. Johan movía las ventanas con los diferentes datos, retransmisiones o grabaciones de las cámaras del exterior con una rapidez y precisión asombrosas. Para poder mantener alojado tal arsenal de pantallas, la sala disponía de una pared diferente a las demás sobre la que estaban colgados todos los monitores, más alta y con una forma ligeramente parabólica, de forma que el techo estaba inclinado para poder sostenerse de forma adecuada sobre el resto de paredes. Y en un rincón, la pequeña pero milagrosa cafetera de expresos, también limpia e impoluta, como si no la hubiesen usado recientemente para preparar un exquisito capuchino con extra de espuma.

Cuando cruzaron el umbral, Johan los saludó con su habitual mirada de por encima de las gafas, lo cual suponía que era una suerte que aquel hombre necesitase lentes para poder ver bien de lejos. Sin esperar a que dijese nada, Julián habló el primero:
-No te preocupes, éste es de fiar. Enséñaselo.
-¿Estás seguro, Júlian? –Al hablar no podía evitar acentuar las erres, a pesar de que su plática era fluida y bien clara.
-Tranquilo, tú hazlo.

Johan pulsó uno de los botones de la enorme consola compuesta por varios teclados, ruedas, interruptores y touchpads, y un suave chasquido sonó en la puerta que se cerraba detrás de ellos, asegurándose así de que nadie entraría (o saldría) hasta que Johan lo creyese conveniente.
-Bueno, ¿A qué viene tanto secretismo? ¿Qué es lo que os lleváis entre manos?

Julián y Johan se miraron unos momentos antes de que el técnico hablase de forma grave, como si no quisiera que él se viese involucrado en aquello tan terrible… fuese lo que fuese:
-¿Recuerdas cuando nos informaron del ataque? ¿Recuerdas cómo dijeron que se había producido?
-Pues, según dijeron en los informes… Fue una oleada a gran escala de atentados suicidas, en los que usaron armas químicas, biológicas, y algún que otro misil oxidado de la antigua URSS. O algo así.
-Algo así… Pues bien, como le he explicado aquí a nuestro amigo en común, el señor Júlian, tengo razones para no creer… no, tengo pruebas que demuestran que no es así.

Aquello no podía ser. Las alarmas sonando por toda la ciudad, los temblores de las explosiones ocasionales… “¿Acaso Johan se ha vuelto loco? ¿Me está diciendo que no hubo ataque alguno?”

-¿Qué quieres decir…? ¿Qué ahí fuera no ha pasado NADA?
-No, por desgracia no es así… Lo que quiero decir es que hubo un ataque… pero quizás no tal y como nos han dicho. Te mostraré algo. –Tecleó unos cuantos comandos en uno de los teclados, y acto seguido apareció una ventana, la cual amplió para que los datos que aparecían en ella se visualizasen de forma óptima.

Habían listas de cifras junto a símbolos (posiblemente matemáticos) que se re calculaban continuamente, gráficos que oscilaban arriba y abajo, mapas térmicos cuyas manchas en los colores del espectro se ondulaban sin orden aparente alguno… todo ello eran cosas que él no llegaba a entender.
-No sé que es lo que se supone que tengo que ver ahí.
-Yo tampoco. Todas las ventanas de monitorización de datos las entiendo, sé interpretar los datos que proporcionan, o al menos vienen con un pequeño manual para entender qué información se nos está proporcionando. Esto, en cambio… lo único que sé es que hasta que los datos que aquí se procesan no lleguen a cierto punto, no quedará verificada la condición óptima de abandono de refugio… o en otras palabras; hasta que no pase lo que tiene que pasar en esta ventana, no se encenderá la luz verde.
-¿Y no has podido deducir para qué sirve? ¿No sabes si mide algo, si rastrea señales, o algo así?
-Sé que no es para señales de radio o vídeo, ni para analizar componentes químicos o biológicos…
-Bueno… a lo mejor es algo así como un medidor de las condiciones de aquí dentro, para retransmitirlas a otros refugios, para saber si seguimos vivos o lo que sea…
-Tendría sentido si no fuera porque hay ciertos días en los que todos esos gráficos parecen enloquecer, y empiezan a oscilar a una velocidad que para mí no es nada tranquilizadora.
-¿Cuándo ocurrió eso?
-Venga Johan, no te enrolles más. Enséñale lo mismo que a mí.-Interrumpió Julián. Johan se le quedó mirando unos momentos, sosteniéndose la mirada, hasta que finalmente, asintió y volvió a los mandos de su terminal.
-Cuando eso ocurrió, me puse a rastrear todas las cámaras, tanto las del interior como las del exterior…
-¿Crees que pudo ser por los temblores del otro día? ¿Por el apagón?
-No sé que provocó aquellos terribles golpes, pero no ocurrió el mismo día. Además… fuera lo que fuese lo que enloqueció las lecturas, estaba fuera, y creemos saber lo que es. Se graba todo lo que registran las cámaras, tanto interiores como exteriores, y… bueno, mejor míralo tú mismo. Esta es la grabación de la primera vez que ocurrió.

En pantalla apareció una ventana con un vídeo reproduciéndose con la fecha “01/01/2013” en la esquina inferior derecha en letras amarillas. John amplió la ventana de forma que ocupó todos los monitores en su totalidad, para mostrar mejor los detalles. Por suerte, las cámaras de vigilancia tenían una resolución casi infinita, lo cual proporcionaba un nivel de detalle excepcional.

En la imagen se podía ver lo que había sido su ciudad arrasada hasta los cimientos. La visión lo obligó a sentarse en la silla auxiliar que tenía Johan a su lado. Julián posó su mano sobre su hombro, un gesto que agradeció silenciosamente ya que no podía haberse imaginado nunca que llegaría a ver todos los edificios completamente triturados, picados, convertidos en apenas unas migajas de hormigón y esparcidos por todos los alrededores. Solamente los edificios más antiguos, de piedra vieja y dura, consiguieron mantener alguna de sus paredes de pié, las cuales se inclinaban patéticamente sobre el suelo, junto a alguna estructura de acero que se quedó completamente retorcida.

-No sabía… nunca me habría imaginado que unas bombas podrían… podrían…
-Ahí está la primera prueba. Ni siquiera una docena de misiles balísticos, como nos habían dicho, habrían conseguido arrasar por completo la ciudad.
-¿La primera prueba? ¿Hay más?
-Fíjate bien, está a punto de ocurrir la segunda.
“¿Ocurrir?”
El vídeo tenía sonido, algo que no había percibido entonces, ya que se empezaron a escuchar unos pequeños golpecitos contra los escombros del exterior, apenas el sonido de muchas cosas pequeñas cayendo al suelo. Poco a poco, el perfil de las miles de gotas de lluvia se empezó a dibujar perfectamente en la pantalla, pero había algo que no encajaba…
-Espera, ¿El color y el contraste está bien? ¿No deberías aumentar un poco el brillo?
-No, para nada. Todo está al nivel óptimo de visualización.
-No puede ser…
-Lo es. Lo que estás viendo es la segunda prueba.

Se echó dejando caer todo su peso sobre el respaldo de la silla. De forma constante la lluvia mojó y ensució todo lo que se interponía a su paso, oscureciéndolo primero, y tiñéndolo de negro después.
La lluvia negra seguiría cayendo durante dos horas más, y una hora después se evaporaría borrando su rastro de ébano.
-Nunca había visto lluvia negra… ¿Qué cojones se supone que es?
-No lo sé amigo mío –dijo Johan- pero lo que sí sé es que no existe arma química o biológica en el mundo que produzca ése efecto. Desde la primera precipitación hasta la última, la lluvia siguió siendo negra, perdiendo ése extraño tinte poco a poco. Además, la lluvia ha sido cada vez más y más escasa… ¿Sabes lo que eso supone?
-No…
-Que el agua de fuera está con toda seguridad contaminada, y no sólo eso, si no que además cada vez llovía menos. De hecho, en lo que llevamos de mes no ha llovido nada, y mira en qué época del año estamos. Ahí fuera habrá una fuerte sequía…

Y no quiero saber qué ocurrirá cuando se termine el agua potable de todo el mundo…



Día 405 tras el Apocalipsis

-Dime una cosa, Achmed: Si tenéis un pozo, ¿Cómo es que apenas cultiváis para poder comer?
-¿Sabes lo que pasaría si utilizáramos toda el agua potable dela aldea para regar las plantas?
-Pues… Yo diría que no habría agua para beber… -Tras pensar un momento, El Caminante añadió- pero aun así, debería ser muy poca la que debe haber en el pozo para no poder hacer las dos cosas… Porque hay suficiente agua, ¿verdad?
-Me temo que no tanta, amigo mío... Metemos todos los días una cuerda con un peso atado para calcular los litros de agua que nos quedan, y según nuestras previsiones hay suficiente para dos, o tal vez tres años, suponiendo que llueva como ha llovido siempre…
-Pero… Que yo recuerde, no ha llovido desde…
-Desde hace mucho, sí. Lo cual reduce el tiempo que podremos aguantar viviendo del pozo.
-Vaya… eso no es nada alentador.
-No te preocupes… seguro que con el tiempo y juntando todos nuestros esfuerzos, acabaremos encontrando una solución. Ven por aquí, vamos a medir el pozo.

Llevaba desde buena mañana caminando con Achmed, observando sus labores en la aldea. Primero lo había acompañado a él y a su esposa Dalla hasta a un edificio el cual parecía una pequeña y vieja escuela, donde los niños (y los no tan niños) aprendían a leer, escribir y hacer cálculos bajo la tutela de Dalla y otra mujer llamada Julia, la cual se la presentaron. Luego, visitaron lo que Achmed llamaba el invernadero, a pesar de que no era como los invernaderos normales que se veían por allí al uso; se trataba de una especie de jardín en una de las casas, el cual se encontraba anexado a la misma como una habitación donde el techo y las paredes eran de cristal, a excepción de aquellos lugares donde éste se había roto y el agujero resultante había tenido que ser tapado con plástico transparente. Parecía como si en otra época hubiese sido el jardín acristalado de algún vecino con dinero suficiente para construirse algo así, pero ahora las plantas extrañas y las aves exóticas habían sido sustituidas por tomateras y demás plantas de hortalizas. Pese a que en el interior de aquel sitio se conseguía retener más humedad que en el exterior, todo lo que se cultivaba allí tenía un aspecto seco y raquítico… Aunque según le dijo Achmed, las patatas estaban saliendo bastante decentes; le mostró unos de los tubérculos, el cual sacó de tierra, y ambos pudieron verificar que, efectivamente, estaban saliendo unas patatas gordas que podían alimentar cada una a dos personas por comida, como calculó el Caminante mentalmente, el cual se dio cuenta también de que ya no era necesario preguntar de donde venían las que usaba el Comerciante para sus honrados negocios.
A cargo del cuidado de las verduras y hortalizas que allí se aferraban por sobrevivir, un matrimonio y su hija mayor, la cual era un tanto más joven que Él, puede que de unos catorce o quince años. Los padres, llamados Luca y Camila, de esa complexión pequeña pero fuerte que tiene la gente de campo, expresaron la contrariedad que sentían cuando Achmed les dio el recién obtenido trofeo de la tierra:
-Esto es algo inexplicable… ¿Cómo es posible que las patatas crezcan más sanas que todo lo demás -preguntó Luca-, si ahora no es época de cultivarla?
-Debe de ser por lo arenosa que se ha quedado toda la tierra… -Dijo su esposa- Si se cuida, la patata puede crecer mejor en tierra suelta que en tierra dura. Pero si no llueve…
-Ya, la tierra se endurecerá –intervino Achmed.
-Hacemos lo que podemos, señor Achmed, pero el tiempo no está de nuestra parte.
-No te preocupes, Luca, tú y tu mujer estáis trabajando muy duro… ¡Y no me llames “señor”, hombre!
La hija de ambos se limitó a sonrojarse mientras se miraba los pies y lanzaba alguna mirada de soslayo de vez en cuando hacia el Caminante. Pensó que se veía realmente encantadora, con los bucles dorados de su madre, los ojos azules de su padre, y las mejillas del color de las manzanas un poco manchadas de tierra y barro. Se recordó a sí mismo que luego tenía que intentar conocerla un poco mejor, y ver, entre otras cosas, porqué no estaba con los demás en la escuela.

Cuando llegaron al pozo (el cual no era más que un pobre círculo ruinoso de piedras con un agujero en medio), Achmed sacó esa cuerda con un peso atado en un extremo de la que le habló antes; tenía unas marcas pintadas en rojo a intervalos regulares, lo cual hacía suponer que aquello era lo que indicaba más o menos los litros que quedaban… siempre que el pozo tuviera el mismo diámetro, claro. Cuando la cuerda con el peso empezó a descender, el Caminante no pudo evitar realizar una pregunta que, con temor, le rondaba por la mente desde que se inició la conversación sobre el pozo:
-Y… ¿habéis pensado qué haréis cuando se agote el agua?
-Supongo que no nos quedará más remedio que organizar partidas de búsqueda, para ver si encontramos más pozos o algún río subterráneo…
<<Pero si de mí dependiese, empezaría ahora mismo. Aunque tengamos agua para aguantar varios años, el estado del subsuelo puede haberse visto afectado; basta un pequeño temblor o un desprendimiento en un par de quilómetros a la redonda para que el pozo se derrumbe o quede drenado por la formación de alguna bolsa de aire. >>
Se quedó mirando fascinado como Achmed seguía con su discurso teórico sobre subsuelos. Aquel hombre no solo era inteligente, si no que además tenía muchos conocimientos. Se preguntó, ¿Cuál sería su trabajo antes de que sucediese todo…? Pero tuvo que centrarse cuando el líder de la aldea sacó el último tramo mojado de la cuerda, y se quedó mirando la marca del agua con el rostro serio y meditabundo.
-Aunque quizás… quizás es posible que nada de eso haya ocurrido y que el pozo tiene mucha menos agua de lo que habíamos creído en un principio. Vaya… estamos en problemas.-dijo negando con la cabeza- Habrá que informar a todos sobre esto…
-¡Espera! Si lo haces, es muy probable que extiendas el pánico.
-¿Porqué lo crees? Estoy seguro que si les hablamos…
-Si les hablamos sobre esto perderán el juicio y acabarán cometiendo un error. Hazme caso, me he enfrentado antes a una situación así y no estoy dispuesto a que vuelva a ocurrir.
Recordó aquello que le pasó estando aún en el refugio, los gritos desesperados que poblaban aquel gallinero… El pánico es capaz de que una situación que aún no es grave se convierta en algo extremo, aunque aquello quizás… pero el ahora estaba primero, y no estaba dispuesto a permitir que se repitiesen los errores del pasado. Una idea le surcó la cabeza como un rayo y habló sin pensárselo dos veces:
-¿Y si fuese yo en la primera partida de búsqueda?
-¿Qué? Ni hablar, no hace tanto que te has recuperado de una grave deshidratación…
-Creo que no fue deshidratación, si no más bien falta de sueño…
-Llámalo como quieras, aún te estás recuperando. Además, la gente hará preguntas…
-Les puedes decir que quería ser útil para la aldea y he querido adelantar un trabajo que tendremos que hacer en un futuro. Lo cual es cierto… al menos en un principio.
-Bueno, te prometo que lo pensaré… pero hasta entonces quiero que guardes reposo, ¿de acuerdo?
-Achmed, ya llevo casi dos semanas de reposo… yo creo que hace días que me recuperé completamente.
-No me malinterpretes, sólo quiero que estés saludable para la difícil misión que podría estar esperándote…

Pero la verdad es que aún seguía doliéndole la cabeza, desde hacía cinco días, cuando la maldita viga casi aplasta al estúpido médico. El dolor ahora ya no era ni tan constante ni tan agudo, pero seguía ahí. Pese a lo que le habían dicho, ni la hidratación ni la sombra conseguían aliviarle durante los peores momentos. Por suerte, esos ataques cada vez eran más cortos y menos intensos, y tras ellos sólo quedaba un zumbido, molesto, pero no doloroso.
Y aún seguía ese zumbido dos días después, pero esta vez no le importó cuando Achmed le dijo por fin que estaba dispuesto a permitir a que se arriesgase a buscar más fuentes de agua. Tan pronto como accedió, le dieron dos cantimploras con agua, las cuales se vio obligado a rechazar:
-Pero… habiendo niños y enfermos, ¿Cómo me dais tanta agua para mí sólo?
-Porque tú también estás enfermo, al menos en parte –Ángel se había metido de nuevo, con sus improperios de matasanos- y porque no quiero hacerme responsable de que alguien a quien ha aceptado esta aldea sirva como alpiste para los buitres… si es que queda alguno.
-Está bien, me las llevaré… pero seguro que me acaba sobrando.
Junto a las cantimploras le dieron una manta y un petate para poder dormir al raso durante la noche, pero le insistieron también en que no pasase más de una noche fuera. De todos modos, ya sabía que hacia el oeste no hacía falta ir, porque por ahí fue por donde llegó, y pese a su estado aquel entonces, recuerda que por ahí no había ninguna evidencia de agua, o al menos ninguna que su cursillo de supervivencia le ayudase a identificar. Eso dejaba una infinidad de direcciones menos una por las que empezar a buscar. Así que se decidió por el norte, por pura lógica asociativa (más frío, más agua).

Antes de salir del pueblo, se aseguró de coger el impermeable de viaje que llevaba cuando salió de su refugio. Aunque llevaba tanto tiempo sin llover, la prenda seguía siendo bastante práctica, ya que también le protegía del polvo, del viento, y de las cada vez más bajas temperaturas nocturnas. Aquella especie de gabardina con aires de túnica (que según tenía entendido, su diseño provenía de un prototipo que el ejército llevaba años utilizando durante el segundo conflicto del Golfo Pérsico), le llegaba hasta casi los pies, y le permitía cubrirse la cabeza con una gran capucha. Su aspecto, con ese estampado tipo camuflaje desértico que cubría toda la prenda, le pareció un poco ridículo cuando se la puso hace ahora casi seis meses, pero tras pasar unas cuantas noches al raso agradeció su diseño protector.

Llevaba caminando una hora más o menos por las áridas tierras, cuando notó que unos cuantos metros más adelante había algo que partía el paisaje en dos; por lo que se podía deducir de unas cuantas rocas que sobresalían y los restos de un cañaveral seco, ahí había un barranco, y pensó que muy posiblemente en el lecho del mismo había agua; así que siguió caminando en la misma dirección hasta que se encontró con el abismo, el cual le devolvió la mirada con algo de indiferencia. El fondo era demasiado oscuro para distinguir algo, amen de que en esos momentos corría un viento demasiado fuerte para poder distinguir cualquier sonido que no fuese su incesante ulular, por lo que para ver si allí abajo había algo aparte de polvo y roca, había que bajar. Miró hacia este y oeste para encontrar algún sitio en el que el fondo subiese y se distinguiera mejor, o algún tramo en el que el terreno bajase, y la única dirección en la que parecía haber suerte era el oeste, hacia las montañas, donde lo único que daba algún tipo de esperanza era que el barranco daba la impresión de ensancharse por la parte de arriba, lo cual podría traducirse algún quilómetro más adelante en una pendiente lo bastante suave como para descender… y hacia allí fue hacia donde siguió su marcha, de nuevo hacia la dirección desde la que había llegado a la aldea.

Cuando llegó al pie de las montañas, no pudo evitar soltar una maldición en voz alta, ya que el efecto de ensanche que daba el barranco era falso y al llegar al punto en el que se encontraba volvía a estrecharse de forma abrupta. El maldito curso de supervivencia decía dónde podía encontrarse agua, pero no que un puñetero barranco podía estrecharse y hacerse más ancho sin lógica aparente. No obstante, vio que un centenar de metros más adelante, quizás más, había algo que cruzaba el precipicio de lado a lado. Tal vez fuese sólo una raíz o algo similar, pero si había suerte… quizás fuese lo bastante larga para bajar, quien sabe. Cuando se acercó, vio que en realidad aquello eran los restos de un árbol marchito y muerto, pero que era lo bastante alto como para ir de parte a parte y lo bastante grande para caminar encima… aunque quien sabe si lo bastante resistente para ello. Aunque lo que le interesaba era usarlo para escalar, al parecer tenía que caminar por encima de él para desatascar la copa, la cual se encontraba atrapada entre un pequeño montón de rocas (y si el principio de palanca no falla, que nunca lo hace, primero había que quitar aquello de encima para mover el tronco desde el lado opuesto). Era arriesgado, porque una vez liberase las ramas superiores, corría el riesgo de que al volver al otro lado se cayese hacia abajo… pero había que intentarlo.

Aunque el equilibrio no era su mayor fuerte, tuvo suerte de que las ramas estaban dispuestas de tal forma que se podía caminar por en medio de las mismas y además usarlas como punto de apoyo todo el camino… mientras no se quebrasen. Pero cuando puso un pie encima y vio que el tronco no emitió ni un solo crujido, empezó a sentirse más tranquilo, así que puso un pie delante, y después el otro… Muy poco a poco, sin alejar mucho las manos de las ramas que salían a los lados, las cuales podrían asegurar que su cráneo no se convirtiese en papilla por culpa de un golpe de viento. Un pie delante, y después el otro… se estaba acercando ya a lo que vendría a ser la mitad del camino, donde había más riesgo de que la rama se partiese. Pero el tronco seguía silencioso, casi sin mecerse, y además ahora apenas soplaba el viento (podría haber aprovechado para agudizar el oído y ver si por allí abajo corría el agua, pero a parte de que el fondo seguía siendo oscuro como la boca del lobo, estaba demasiado concentrado en distinguir el sonido de sus pasos de un crujido del tronco). Y no obstante, el tronco seguía sin crujir. Un pie delante, y después el otro… seguía avanzando y el árbol seguía portándose como una alfombra puesta de valium. A su alrededor se sentía un silencio tranquilizador, a excepción del sonido de su respiración, de sus pasos, y de eso que sonaba como un fuerte pero suave rumor que venía de abajo. Volvió a mirar sus pies y siguió sin ver el fondo, porque lo que veía ahora bajo ellos era el cielo, el cual se empezó a confundir rápidamente con la tierra en un curioso revuelo alocado…
“Oh, mierda”.
El tronco no había emitido el sonido de un tronco partiéndose por la mitad, si no el extraño sonido de la madera convirtiéndose en polvo. Vio horrorizado como lo que quedaba del árbol daba tumbos a unos pocos metros de él.

“¿Pero qué cojones ha pasado…?”

El fondo siguió bajando rápidamente hacia él (¿O subía?), y por fin lo vio claramente… y estuvo a punto de maldecir la ironía del destino si su mente hubiese tenido la oportunidad de trabajar tan deprisa, porque algo allí abajo reflejaba la luz, por lo que allí había agua… pero apenas un instante después, se dio cuenta de que el agua no corre despacio. O al menos corría, porque aquello parecía no moverse. Aunque no importaba, iba a descubrir qué pasaba cuando le diese sus respetuosos saludos al suelo en unos segundos…

…Y entonces vio moverse por el rabillo del ojo algo bulboso, negro, y con tentáculos en un agujero del suelo.

Algo con muchos tentáculos.

“¿Qué demon…?”

Intenso dolor de cabeza.

Fundido en negro.

VII

5 Enero 2012

-Ya sabes lo que dicen: no se puede hacer una buena tortilla de patatas sin huevos.
-¿Y eso que se supone que quiere decir?
-Que no existe ningún dictador se pueda considerar loco si no tiene ideas descabelladas. –Contestó Sid.

3 de la madrugada. Algunos de ellos ya habían vuelto a casa, ya que las vacaciones estaban a punto de terminar y había que aprovechar los pocos días que quedaban para estudiar antes de los exámenes cuatrimestrales. Así que, a excepción de aquellos que aún estudiaban en el instituto y de los que llevaban bien la materia que había que repasar, decidieron acostarse pronto para poder madrugar al día siguiente y empezar pronto con el desgaste de codos que correspondía a la época.

Pero claro, como él siempre decía, las vacaciones eran para disfrutar y no para pasárselas estudiando, y pensaba aprovechar hasta el último día. De modo que estaba junto a Sid, el Charlie y Sanchis en la plaza que había cerca de casa de Cristina (la cual se había ido a dormir al poco de llegar, como era costumbre), tal y como venían haciendo desde que cerraron el parque. Aquel había sido un día muy raro. Normalmente, desde que descubrieron el alcohol y las drogas hacía ya unos cuantos años, todos los días que seguían a la Nochevieja resultaban extraños por el efecto de la resaca, que cada año parecía alargarse más y más. Pero en aquel día sucedió algo que se convirtió en el tema de conversación de todo el mundo.

Y por supuesto, ellos no fueron la excepción.

-Sea como sea, yo creo que ese tío se tomó demasiado LSD cuando era joven… -Para Sanchis, la causa de que un líder mundial tomara decisiones absurdas siempre era una juventud demasiado acelerada. Pese a ser la chica más activa de todo el grupo (el hecho de que fuera la última en permanecer de pié aquella noche lo demostraba) era también la persona más limpia de la pandilla: no sólo no tomaba drogas, ni fumaba, ni apenas bebía, sino que además era la única que estudiaba gracias a una beca deportiva proporcionada gracias a las continuas victorias de su equipo de futbol sala femenino. La mayoría de ellos creían que decidió empezar a hacer una vida completamente sana cuando se enteró de George Bush había sido alcohólico. No sabían si pretendía llegar a ser alguien importante, pero estaba claro que pensaba que un ritmo de vida como el suyo le permitiría un futuro más o menos cuerdo.
-También podría ser que ha visto demasiadas películas de ciencia ficción… porque yo aún no me creo que hay sido capaz de hacer algo así. ¿Y cómo cojones es posible que siga vivo…?
-Bueno, hay gente que lleva marcapasos. A lo mejor funciona igual, ¿no?
-Pero Charlie, tío… ¿Qué se supone que pasará si le da un ataque al corazón?

Eso era lo que más le preocupaba. El dictador loco del que se alzó hace más de un mes en el Congo, el tal Philip Wellington (ese era su nombre verdadero, pero cuando llegó al poder se lo cambió por otro un tanto impronunciable), surgió en las noticias diciendo que se había sometido a una operación, en la que se había instalado en su organismo un dispositivo que, en el caso de que fuese asesinado por alguno de sus rivales políticos, desataría lo que él llamó El Fin del Mundo. Nadie sabía de qué estaba hablando exactamente, hasta que un avergonzado presidente de la OTAN salió en las noticias anunciando algo que, no sólo puso el mundo patas arriba en cuestión de horas, si no que confirmaba las amenazas de aquel insano dirigente por la fuerza.

Charlie pareció sopesar por un momento las posibilidades de que aquel tipo tuviese razón, mientras le daba una calada al cigarrillo.

-Bueno… vamos a suponer que lo del chip en su corazón fuese mentira. Y por otra parte, vamos a suponer que las sospechas de la OTAN fuesen ciertas. Eso significaría que si muere asesinado, tendrá a alguien que “apretará el botón rojo”, si es que eso llega a ocurrir. Por lo tanto, ése “alguien” tendrá ordenes de no apretar el botón si el tal Wellington muere de forma natural.
-¿Y qué me dices de la cicatriz que tiene en el pecho, que enseñaron por la tele? ¿Y el tiempo que estuvo sin hacer apariciones públicas, porque estaba en el hospital?
-También es humano. Podría haber sufrido un infarto. O incluso puede que alguien intentase matarlo, y se ha inventado esa historia del dispositivo para encubrirlo. Recuerda lo que Chávez decía de Fidel, que se había recuperado y que se dedicaba a dar paseos por la calle y todo, cuando llevaba ya tres meses muerto.
-Bueno… tal vez tengas razón. Al fin y al cabo, se han visto estrategias políticas más bizarras.
-Claro hombre, ya verás como todo queda en la típica chulería que al final no sirve para nada.

“Aún así, la desaparición de las armas de destrucción masiva sigue siendo preocupante… ¿Y cómo es posible que un grupo terrorista tan pequeño las robase como si nada de las naciones más poderosas del mundo, en cuanto a fuerza militar se refiere?”

En ése instante, se le pasó por la cabeza una idea más inquietante que el hecho de que un dictador loco hubiese proclamado una amenaza que parecía sacada de un villano de ciencia ficción clásica, una idea que le vino al recordar cierto comentario que leyó en…

-En internet… Hay algunos internautas que dicen que todo lo que este tío ha hecho, o lo que ha hecho el grupo terrorista que lidera, es en realidad una estrategia política.
-O sea, una estrategia política para asustar, ¿no? –Dijo Sid.
-No, no es eso… me refiero a una treta de algún otro país.
-Tío, no tengo ni puta idea de lo que estás hablando –Charlie lo miraba como si la conversación estuviese tomando un rumbo absurdo hacia a un lugar al que él no estaba seguro de querer ir.
-A ver si me entendéis… No se si sabíais ya que el dictador que gobernó durante los ochenta en Panamá, ese tal Noriega, era en realidad un ex agente de la CIA, o algo así, que puso ahí Bush padre para controlar a su antojo los recursos naturales del país.
-¡No me jodas! ¿Me estás diciendo que el tal Wellington está ahí por intereses económicos de otros? –A juzgar por la forma en la que lo dijo, Charlie no parecía creérselo, y mucho menos proviniendo esa información de una fuente tan poco fiable como los rumores que circulaban por internet.
-Pero lo de Noriega es verdad, –Afirmó Sid- aunque tengo entendido que agente de la CIA no era, pero si mantenía relaciones estrechas con los yanquis.
-¡No sé, tío! -Siguió- Aunque este tipo está bastante ido de la olla, sigue siendo posible.
-Ya, pero…-A Charlie se le acababa de ocurrir algo más- ¿No te parece que se está metiendo demasiado en su papel? Quiero decir, si el hijo de puta ése es de verdad un agente de la CIA, o un amigo de los yanquis, ¿Porqué iba a amenazarles tan directamente? No sé, yo no mordería la mano que me da de comer.
-Tal vez tú no, pero a todos los dictadores que han puesto los EEUU en algún lugar, parecen gustarles el sabor de la carne humana, –Contestó Sid- porque Noriega acabó siendo encarcelado por los americanos al traicionarlos. Y recuerda también a Bin Laden.
-Bueno, eso es otra cosa. También se dice que en realidad los atentados del once de septiembre fueron una farsa para que Bush pudiese…
-¡Pero tíos! –Sanchis dejó caer su voz en medio de la conversación como un hacha cortando una barra de mantequilla- ¿Os estáis dando cuenta de lo que estáis diciendo? Jaja, ¿Conspiraciones mundiales para controlar el qué? Uno de los países más pobres del mundo… Oh, ¡Jaja! En serio, deberíais plantearos lo de dejar ya las drogas.
-Ya ves, cómo la hemos flipado en un momento… -Charlie se relajó, sonrió, y le dio otra calada al cigarro- Es una pena que no existan de verdad todas esas teorías conspiratorias. Así, el mundo sería más sencillo de entender…
-Pues yo no estoy del todo seguro de que todo eso sea mentira… pero en fin, ahora mismo no es momento de preocuparse por esas cosas… -Y luego, Sid añadió:- No hasta que terminemos los exámenes, o al menos yo.

Tres cuartos de hora después, decidieron que ya era hora de volver a casa, así que Sid y Sanchis se fueron cada uno en dirección a sus correspondientes casa, mientras que él y el Charlie se fueron en la misma dirección, ya que vivían relativamente cerca el uno del otro.
-En serio, tío. Te pasas demasiado tiempo en Internet. Tal vez deberías salir más…
-¿Salir más? ¡Si salgo más no estudiaré una mierda!
Los dos rieron, y luego siguieron caminando en silencio hasta que recordó algo que mencionaron cuando estaban los cuatro juntos en la plaza.
-¿Sabes? Hay algo en lo que no habíamos caído en la cuenta antes.
-¿El qué?-Preguntó el Charlie.
-Sanchis dijo que era absurdo que se quisieran controlar países pobres mediante dictadores manipulados por otros gobiernos…
-Sí, ¿y que?
-Pues… que resulta que esto no es lo mismo. Mira, buscando información en…
-Sí, en internet, me lo imagino.- El Charlie interrumpió de inmediato - ¿Qué absurda teoría has encontrado?
-No es una teoría de esas, es un hecho registrado en cualquier atlas. Verás, resulta que Wellington no se ha apoderado precisamente de un trozo de tierra sin valor.
-¿Ah, no?
-No… el jodido inglés ha asentado su culo medio negro en uno de los mayores depósitos de oro, diamantes, petróleo y coltán de la tierra.
-No me jodas…
-Lo que tiene en su poder no es el país más pobre del mundo. Lo que tiene en sus manos es la mayoría de los recursos naturales que se necesitan para vivir hoy en día.

“En definitiva, ése tío se ha hecho dueño del tesoro más grande del mundo. El tesoro que permitía hasta ahora que el primer mundo mandase sobre el resto de países”.

Hasta ahora…



Día 401 tras el Apocalipsis

-Hasta ahora, no nos habíamos enfrentado a una situación como ésta. Es algo que habría que manejar con sumo cuidado.
-Diablos, Achmed, no sé qué es lo que pasa contigo –el que hablaba era un hombre con bigote, que levaba una gorra vieja de color indeterminado, posiblemente, rojo, antes de pasar demasiadas horas al sol- No estamos hablando de una mina de oro. Estamos hablando de una gallina vieja.
-Estamos hablando de la que posiblemente sea la última gallina del mundo.

Era de noche en el molino que servía de zona común, después de la hora de cenar. A excepción de los niños y de los enfermos que no debían acostarse tarde, en aquel momento se encontraba reunida toda la aldea en aquel edificio de forma circular. Era la primera vez que el Caminante los veía a todos reunidos para algo que no fuese comer, y la mayoría de veces era difícil verlos a todos a la vez por problemas de sillas.

Concretamente, por falta de sillas.

Pero aquella noche era diferente. El descubrimiento de la asustada ave de granja que se encontraba en esos momentos presa en una jaula roída por el óxido en el suelo, con una piedra encima para evitar que se fugase, hizo que el generador eléctrico que Ángel había descubierto pasase inadvertido, aunque él intentase recordarles la importancia de algo así en la aldea. Todos querían estar allí para verla, y si hacía falta estar de pié no había más remedio que estarlo. “No es más que una gallina, y se comportan como si nunca hubiese visto una… Aunque claro, la verdad es que hace más de un año que yo no veo tampoco ninguna”. Como era de esperar, la noticia del descubrimiento recorrió como un rayo todo el pueblo, y se acordó una reunión durante la noche siguiente para decidir qué hacer con el animal. Ahora verás cómo funcionan las cosas por aquí, le dijo Ángel. Era un tanto absurdo convocar una asamblea por una gallina, pero esa gallina iba a alimentar a medio centenar de bocas… aunque aún no estaba claro cómo.

-Yo creo que deberíamos comérnosla. Las gallinas viejas no sirven para poner huevos.
-¿Y tú cómo sabes que está demasiado vieja para eso? –Le preguntó alguien del fondo al hombre de la gorra.
-¡Pues porque simplemente lo sé, joder! Una vez, criamos gallinas en un corralillo que teníamos en la casa de mi madre en…
-Pues yo no la veo tan vieja… a lo mejor es que sólo está sucia y un poco desplumada.
-¡Cojones Dora, no me cortes a mitad de la frase, que no soy tu marido!
Dora estalló en grandes carcajadas que sonaron como cacareos, y varios la siguieron. La gallina se removió intranquila en su jaula, al oír que aquel sonido, que le resultaba tan familiar, surgiendo de un humano.
-Lo que está claro es que aún no podemos decidir nada… -Achmed siguió hablando cuando las risas cesaron y encontró un pequeño instante de silencio para continuar- ... en mi humilde opinión, creo que deberíamos esperar a que pusiese algún huevo. Si puede hacerlo, es porque aún es demasiado joven para ser sacrificada.
-Ay, Achmed, ¿desde cuándo tu opinión es humilde? –preguntó Dora- ¡Eres el único hombre que conozco que de cada tres frases que dice, al menos dos tienen sentido! Si uno que yo me sé fuese como tú…
La sala volvió a llenarse otra vez con el cacofónico sonido de decenas de personas riéndose.

Pese a que el ambiente que había en la sala no era para nada lo que podría llamarse de discordia, el Caminante no estaba para reírse o para tomarse aquello con paciencia. Ángel pareció darse cuenta de que no dejaba de llevarse la mano a la sien.
-Oye, ¿te encuentras bien?
-Sí, es que me duele la cabeza…
El médico le cogió la cabeza entre ambas manos y empezó a examinarle todo el cráneo, buscando algún bulto o alguna herida.
-¿Estas seguro de que no te diste contra la viga?
-Que sí, hombre. Debe de ser por los días tan secos que estamos teniendo…
-No lo creo, nunca pasas demasiado tiempo al sol como para que…

El hombre de la gorra descolorida estaba pidiendo silencio de nuevo. Al parecer, él tampoco se lo estaba pasando tan bien como los demás.
-A ver, esperad un momento, a ver si me aclaro… ¿Cuándo elegimos a Achmed como líder de nuestro grupo? ¿Es que ahora debe ser él el que tome las decisiones sólo porque a Dora le gusta?
-¿Pero qué demonios le pasa a ése tipo? –Pregunto el Caminante a Ángel.
-Al parecer, nunca le ha caído bien. Ya sabes, Achmed tiene esa forma de ser que resulta magnética para todos... bueno, para casi todos. Es como si fuese un maestro Jedi, ¿me sigues? Pero por alguna razón que desconozco, al camionero este nunca consiguió ganárselo. Debe de tener una mente muy resistente o algo así.
-¿Y no es posible que se peleasen cuando aún estabais en el refugio?
-No sé, tío… La verdad es que yo no empecé a relacionarme con los demás hasta que no salí de allí…

-¡Callaros un momento! –Esta vez, la que habló fue la propia Dora- ¡Que os calléis, hombre! Mira Marcial, para empezar, yo no he dicho que me guste Achmed… Pero tengo que reconocer que es el único que, desde que lo perdimos todo, ha mantenido la calma sin dejarse llevar por el pánico, y eso es algo que le ha permitido pensar las cosas con tranquilidad. Algo que creo que tú no haces… De hecho, creo que nunca fuiste capaz de pensar nada. ¡Hasta el bobo de mi Miguel es el doble de inteligente que tú!
Tras esto, Dora y los que estaban a su alrededor volvieron a reír como un gallinero a rebosar, incluido su propio marido. El hombre de la gorra descolorida, al que Dora había llamado Marcial, tenía su sonrojado rostro más colorado aún.

-¡Me parece que aquí soy el único que no ha perdido la cabeza! ¡Os recuerdo que vuestro amiguito era aprendiz de imán! –Señaló de forma acusadora en dirección a donde estaba Achmed- ¿Es que no os habéis dado cuenta? ¡Este tipo os está manipulando para convertiros a SU religión! ¡Todos los moros quieren hacer lo mismo!

En ese momento, toda la alegría y el buen ambiente que había en la sala desaparecieron, para dejar paso a los gritos y a la crispación.
-¿¿PERO CÓMO TIENES LOS COJONES DE HABLARLE ASÍ A MI MARIDO!? –Dalla, que había permanecido hasta ése momento en un calma absoluta, estaba hecha ahora una diosa de la tormenta, cuya furia divina era capaz de asustar incluso a la indomable Dora, que retrocedió unos pasos con el rostro pálido.
-Por favor cariño, cálmate… -Achmed cogió cariñosamente a su mujer por los hombros, hablándole en un tono tan tranquilizador que habría sedado a una manada de elefantes rabiosos.
-¿Cómo quieres que me calme? ¿Has oído lo que te ha dicho?
-¡Eh, Achmed! ¿Porqué no sueltas a tu esposa y dejas que se desahogue conmigo? Seguro que en casa la tratas como un felpudo, y necesita descargarse contra un católico practicante como yo, ¿eh?
-Calmaros todos –El tono que usó el hombre resultó ahora imperioso, pero seguía usándolo con una calma absoluta- Si bien lo que ha dicho Marcial es cierto, tengo algo que contaros… Veréis, es verdad de que antes de que… en fin, de que ocurriese todo, yo era ayudante del imán de la mezquita que había en mi barrio. Supongo que no lo sabéis, pero en el Islam no hay un clero como en las otras religiones. El Corán mismo dice que cada hombre puede ser su propio imán, si sabe rezar como es debido y si en su corazón siente a Alá cuando le dirige sus plegarias. No obstante, tras meternos en el refugio… -Achmed tuvo que parar unos instantes, como si algo en su interior se hubiese roto y acabado con su paz habitual.

Ahora, toda la sala estaba en silencio, y le escuchaba con atención. Incluso Marcial se había tranquilizado y le escuchaba con la boca entreabierta. Achmed permaneció unos instantes en silencio hasta que su mujer lo tomó de la mano, dándole fuerzas para continuar.
-Veréis, como todo religioso, sentía algo especial cada vez que rezaba, cada vez que entraba en una mezquita. De hecho, cuando me fui a ver la Meca durante mis vacaciones, me sentí desbordado por ese sentimiento mientras paseaba por la ciudad sagrada, mientras contemplaba las antiguos y esplendorosos templos… incluso cuando rezaba en casa, sentía ése algo. Pero tras meternos bajo tierra… ese sentimiento, desapareció. No es que mi fe se debilitase, o al menos no la noté hacerse más débil. Simplemente, ya no estaba ahí. Incluso cuando salí de allí dentro, ya no sentía a Dios dentro de mi corazón; es como… bueno, la verdad es que… no me atrevía admitirlo hasta ahora, pero me siento como si Dios, no, como si todos los Dioses nos hubiesen abandonado. Lo que quiero decir es que no quiero convertiros a mi religión… porque siento que la he perdido. Los Dioses se han ido, y ahora debemos aprender a valernos por nosotros mismos. Y lo único que podemos hacer es ayudarnos los unos a los otros.

Nadie hablaba. El Caminante sólo escuchaba las palpitaciones que su pulso en la cabeza, que a cada instante le dolía más. El silencio duró un tiempo que parecía imposible, hasta que el sonido de un fuerte cacareo lo interrumpió.

-¿Qué le pasa ahora? ¿No estará enferma, verdad?
-¿Qué te pasa, Marcial? ¿No decías que tenías gallinas en tu casita del pueblo?
-Sí Dora, las tenía… pero nos las cuidaba un vecino.
-No está enferma...-Dijo Dalla- Es más, yo diría que se encuentra perfectamente. ¡Mirad!
Metió la mano en la jaula, que por suerte tenía los huecos entre barrote y barrote lo suficientemente grandes para ello, y saco un pequeño objeto blanco, que alzó triunfantemente por encima de su cabeza.
-¡Un huevo!
-Rayos, Achmed tenía razón. Sólo es una gallina sucia, no vieja.

Más tarde, durante la madrugada y de vuelta a sus respectivas camas, el Caminante y el médico caminaban juntos en silencio, hasta que Ángel decidió romper:
-Bueno –dijo Ángel- creo que Achmed acaba de demostrarnos que está más que capacitado para ser el padre de nuestra gran familia… Oye, parece que ése dolor de cabeza tuyo no mejora.
-Oh, cielos… Ángel, tengo que contarte algo.
-Mira tío, sé que estoy cañón y todo eso, pero no eres mi tipo.
-No es eso hombre, es algo serio joder…
-Perdona… dime.
-Verás, ¿sabes porque sé que no me dio la viga? Porque no me tocó.
-Brillante deducción.
-No, me refiero a… mira, la viga no me tocó. Ni yo la toqué. Sé que la empujé, pero no toqué la maldita viga.
-No, no la empujarías. La viga no estaría destinada a chocar contra mi cabeza, sólo que a lo mejor desde tu perspectiva si que parecía así. Vi como corrías en mi dirección, y esa cara que pusiste… era como si supieses que no ibas a llegar a tiempo. Pero ya ves, no estabas equivocado del todo; no llegaste a tiempo, pero la viga no me cayó encima.
-Ya, pero… no sé, yo sentí como la empujaba. Este dolor de cabeza… es como si me hubiese pasado un día entero en un gimnasio. No sé si me explico.
-Por supuesto; te pasaste varios días inconsciente cuando llegaste aquí, ¿o es que no lo recuerdas? El dolor de cabeza te vendrá provocado por el esfuerzo que hiciste al ponerte a correr de repente, y eso tras pasar tantos días inactivo.
-Sí… supongo que tienes razón…

Eso espero… porque si es algo más, no tendré con qué atenderte, amigo mío. Las palabras estuvieron a punto de surgir de la boca de Ángel, pero decidió cerrarla para evitarle más preocupaciones al Caminante.

Eso espero…

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Maitreya por David Pàrraga Sanfèlix se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
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